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lunes, 12 de diciembre de 2011

Todo por dos besos

Si tuvieras que hacer hoy, a tus treinta, la típica lista que hacías a tus quince de los chicos que te gustan, te chapaste, te curtiste o todo eso junto, no alcanzaría toda la producción de madera del Amazonas de acá hasta el día del juicio final. En ese extenso listado, te están faltando pocas figuritas para completar el álbum de la raza masculina. Piloto de avión, artista hippie chic, oficinista físico culturista, psicólogo depresivo seudo feliz, el halagador vendedor de ilusiones y de seguros, hétero devenido en homo y hasta un señor de las cuatro décadas casi cinco devenido en pendeviejo a la moda. Pero en esa lista te faltó uno que hasta que no lo conociste no lo creíste: el obsesivo por el número dos.

"Todo lo cuento por dos", te dice mientras pide un trago para vos y dos para él.Que curioso -pensas- ahora que su trastorno obsesivo compulsivo te va pareciendo divertido. Así empezó la cita. Por lo que tenés entendido y practicado, en las primeras citas uno intenta impresionar al otro con sus mejores cualidades porque no se sabe si habrá segunda vuelta así es que te pones tu mejor vestido, realzas tu mirada intentando delinear los ojos para que no crea que te maquillaste en el zamba, lees el diario y sus suplementos durante una semana para poder hablar con propiedad de temas varios evitando tocar algunos rispidos como la política y la religión y sacas tu mejor sonrisa que es aquella que sabe ocultar a la perfección tu diente torcido. A pesar de todo, de haber cruzado las piernas como un lady, haber comido menos de lo que hubieras comido y tomado lo justo y necesario para no caer en el sin retorno barro de la borrachera triste, él saco lo peor de si a las dos menos dos minutos de una madrugada que hasta el momento se perfilaba prometedora porque, por lo menos, acercaba un moro a la costa de una cama que no recibe ningún tipo de espécimen desde hace dos meses y dos días.

A esta altura, das por tierra toda posibilidad de una segunda cita no solo porque comienza a darte picazón el número dos sino porque además te vas transformando en la Súper Psicóloga Arregla Hombres que juraste nunca más ser pero que ahora se muere por ahondar en el tema. El final de su segundo trago le da comienzo a otros dos mientras mastica de dos en dos pochochos servidos de a par mientras te lleva a dar una vuelta por la montaña rusa de un universo nuevo lleno de curiosidades del tipo: Si tengo sed y hay cuatro botellas en la heladera, tomo dos para dejar dos -confiesa-. Mientras manejo voy contando los postes de luz de dos en dos y si el semáforo me frena en el poste impar sigo de largo, me falta una y llego a las doscientas multas. Compro remeras verdes azuladas de par en par y desde chiquito trato de evitar las veredas con baldosas, pero si no puedo, salto para caer en las pares, evitando tocar los bordes. Lo bueno -sigue pero ahora guiñándote el ojo y sonriendo a lo galán de culebrón- lo bueno, es que en la cama también es todo por dos.

Justo en el momento en el que estás a punto de pensar que ese último comentario podría borrar con el codo todo lo otro que escribió con la mano, termina confesando que así como ofrece doble, pide doble y no solo de una mujer –porque sería impar- sino de dos.

A estas alturas donde tu sonrisa se canso de ocultar lo obvio, tu maquillaje se parece al del corso más triste y la grande muzzarella que te devoraste quedo en el olvido, recordás que en algún momento de tu vida evaluaste la posibilidad de bifurcar el camino, pero también recordás que, a pesar de todo, los seguís eligiendo. Así es que ni lerda ni perezosa pergeñás un rápido plan de escape.
Podrías ir al baño y de paso fugarte del planeta, hacer una autollamada e inventar una historia con final trágico o presentarle al Mr. Jekill que tenés adentro confesando que si él tiene un desorden obsesivo compulsivo numérico, vos tenés un problemita de doble personalidad.

El punto es que no tenés ganas de modificar tu vida impar para que sea compatible con su mundo par de fiestas de a tres. Así que diste la cita por terminada, no sin antes preguntarle cómo hace con los cinco dedos de su mano, su único miembro viril y la única y última posibilidad que acaba de perder con vos.

miércoles, 23 de noviembre de 2011

El historial de internet te salva o te incrimina

(texto Publicado en Victoria Rolanda el 21 de Noviembre de 2011)

Hay muchas maneras de saber si vos amás a tu novio. Solo algunas para saber si realmente él te ama a vos. Pero solo un método infalible para saber si te engaña: investigar el historial de internet. Y si no me creés, leé la historia que sigue.

Sábado por la tarde. Él mirando un partido de la B Nacional. Vos que lo mirás desde el escritorio preguntándote si es real que le interese un partido al que le faltan segundos para terminar y lo único divertido fue el perro que entró a la cancha y anotó un gol en contra. Mientras tanto aprovechás el estado de hipnosis de él para vestirte con el sobretodo del Inspector Gadget y tomar el toro por las astas, o mejor, darle alas al bichito de la duda e investigar cuál es la razón por la que desde hace un tiempo tu novio se parece más a un amigo lejano que a un futuro marido.

Prendés la compu, con lupa mano y pipa en boca, y vas abriendo una por una las páginas en las que él entró en las últimas horas. Vas armando la posible escena de un crimen que intuís que cometió y del que todavía es inocente hasta que el historial de internet demuestre lo contrario. Y entonces cuando estás a punto de afirmar que necesitarías asistir a un grupo de Celosos Anónimos, encontrás una posible prueba que lo incriminaría: un listado infinito de páginas para visitar la Isla de Tonga, webs de pasajes aéreos y resorts siete estrellas y dos planetas. ahi es cuando te preguntás si estás siendo mal pensada. Quizás todo forme parte de una sorpresa para el aniversario número quince. Pero eso es solo la punta del un iceberg tan grande como el que hundió al mismísimo Titanic. La ventana de su chat mal cerrado comienza a titilar bajo el nombre de Sandra Aguilar, quien escribe con adjetivación claramente centroamericana, una frase tan hot que hasta te sonroja, aún cuando en alguna ocasión bailaste muy hot a lo Kim Basinger en Nueve semanas y media tras la persiana del balcón. Obviamente, te das cuenta que no es la madre, ni la hermana, ni tampoco la prima del interior que de hot no le queda ni la intención.

Las piernas te comienzan a temblar. Te quitás la pipa de la boca, alejás la lupa y se desabrochás algunos botones del sobretodo que comienza a sofocarte. Mientras te preguntás si S.A. – el uso de iniciales quitan identidad humana al enemigo- será la jefa de la sede brasilera de la empresa en donde él trabaja, la ventana titila nuevamente esperando una respuesta del que en poco tiempo, si no demuestra su inocencia, será victima de un crimen pasional. Como no querés lucir traje a rayas ni mucho menos pasar tus últimos días en un monoambiente enrejado, llamás a Laura, íntima amiga tuya y compañera de trabajo de él que sigue haciendo desuso de sus factultades frente a la TV.

-Che, Lau ¿La empresa en donde trabajan tiene sede en centroamerica, tenga una Jefa que se llame Sandra Aguilar y se conecte por chat con sus empleados un sábado por la tarde?

- ¡No, Mary, sos cornuda!

martes, 4 de octubre de 2011

De Robert a Roberto sin escalas

(Texto publicado en Victoria Rolanda el lunes 3 de Octubre de 2011)

Cuando en la agenda de tu celular reemplazás el amoroso y super canchero Robert al frío y despechado Roberto es que la cosa pasó de Guatemala a Guatepeor sin escalas.


Noche, oscura noche. No tanto como va a estarlo dentro de unos minutos. Vos y él en su auto frente a tu casa. Algunas cervezas negras de más, no tantas como hubieras preferido para poder ahogar la pena que te va a dar la siguiente frase que salió sin filtro de su boca: me acaba de llamar mi ex y quiere hablar.

Parece que hubiera deletreado esa daga en forma de frase así, muy suelto de cuerpo y de culpas. “Así que quiere hablar con vos, mirá que divina –pensás-. ¿Por qué no la invitamos a tomar la decimocuarta ronda de birra que necesito para entender lo que me estás diciendo? Dale, yo pago una vuelta mas para los tres y hasta para la bandada los borrachos del tablón ¡Mira el sentido de la oportunidad que tiene esta chica, es maravillosa! Seguro que es de esas minas inoportunas que acotan comentarios pelotudos en plena escena de suspenso hitchcockiana en el cine. O en medio de una presentación familiar pregunta sobre un pariente que seguro murió hace pocos días y a continuación se disculpa por el error llevándose la servilleta a la boca solo para atajar la incontinencia de frases hechas que se le ocurren para disculparse. ¡Qué diosa! ¿De dónde la sacaste? ¿Del Olimpo De las Púberes de Tetas Alzar?"...

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miércoles, 28 de septiembre de 2011

Pan y Queso

(Texto Publicado en OhMyDog del mes de Septiembre)

Todo es cuestión de pan y queso te dice tu compañera de trabajo, tan suelta de cuerpo y complejos, mientras lustra sus zapatitos de cristal calzados hace más de diez años por un apuesto príncipe, futuro marido y lacayo. Mientras constatás con malicia que el brillante par no sea de vidrio chino comprado en el barrio japonés, pensás que todo parece muy fácil visto desde una carroza que no se hará zapallo – o por lo menos ella con grandes esperanzas- pero no lo es tanto al costado de la pista de baile mirando de reojo como todos formaron pareja y van sonando los últimos acordes de una pieza que te hubiera gustado bailar.

Pan
Lunes. Uno de de esos bien negro. Más negro que el de todas las bolsas comerciales del mundo juntas. No querés caer en lugares comunes, pero es justo donde caíste: luego de un fin de semana encerrada con tu gata por haber cancelado la única salida que tenías solo por no morir de frío –cosa que no te importaba a los veinte mientras te desvestías con una minifalda en pleno julio- y tras haber contribuido al circuito cartonero con centenares de botellas y descartables de comida chatarra, hoy lunes, tu autoestima esta por debajo de la alfombra rogando que nadie la vea y que mucho menos la barra. Es que igual que a su dueña, le gusta regodearse en ella misma por lo menos hasta el martes.

Ya lo decía Bridget Jones, lo último que se pierde es la elegancia interior, así es que aunque te sentís la más fea del baile, que no se note dijo Giordano y moviendo las cabezas entrás en la oficina caminando como por una pasarela ubicada justo por delante de su escritorio. Para tu sorpresa antes que vos lo hagas, él te saluda con un tono de voz y una autoestima muy segura de sí misma, acariciada por un fin de semana de lujuria y pasión -todo lo que a vos te faltó-.
Sí, todas escucharon lo mismo, dijo: Buen día. Así es que junto con tus compañeras, se calzan el sobretodo de la 99 –claro, que sin la elegancia de la Feldon y solo con un poco mas de inteligencia que el Superagente 86- y comienzan a investigar que habrá querido decir con ese saludo. La primera lectura y la menos esperanzadora es la que nos indica que en realidad todos decimos buen día por lo menos hasta el medio día: al diariero de la vuelta seguido de un comentario del tipo: te olvidaste de llevar el diario o no te puedo creer que de nuevo el del segundo lo usó para el asado del domingo o a la futura casada seguido de un: ¡Que bueno que ya compraste las esposas de compromiso, perdón, los anillos de compromiso! ¿Vienen con llave o una vez que te las pusiste fuiste?
Pero también puede tener una segunda lectura que es la que todas esperamos leer –sobre todo vos- y es la que indica que en realidad él dio ese primer gran paso que te habilita a dar el segundo.

Queso
¿Al cine, al teatro, a una cena íntima o a un after office descontracturado con compañeros del trabajo que hagan de chaperones para que no se noten las dobles y hasta triples intenciones?
La suertuda Cenicienta que, por haber conquistado a un hombre se ha transformado en el Gurú del amor de todas las que ya perdieron la fé, te indica que el siguiente paso es, justamente, no dar ninguno. Le preguntás que quiso decir, queriendo no escuchar la respuesta porque seguro que viene por el lado de tener que ser quien no querés ser: una típica histérica postmoderna incapaz de aceptar que en realidad sería muy feliz en un mundo sin tantas vueltas. Y aunque pedís a gritos que paren el mundo porque te querés bajar, como no te quedan métodos de conquista exitosos, lo siguiente que haces es no hacer nada.

Pan
El vacío y la indiferencia parecen ejercer, como un poderoso imán, una fuerza que atrae de manera inmediata al mismo sujeto que antes huía despavorido cuando lo tratabas con amorosa atención, como si fuera ese tipo de animalito que acostumbrado al desprecio se siente cómodo en el maltrato.
Al cine, al teatro, a una cena íntima y hasta darle de comer a tu gata de la mano –aunque enarbole la bandera por un mundo con mas canes y menos felinos- es el siguiente y gran paso hacia una pista de baile para dos y acordes de una pieza que comienza a sonar y que ahora si podes bailar.

Dedicado a Marina Frontera

lunes, 1 de agosto de 2011

Café con torta frita y Good Show

(Texto publicado en OhMyDog Junio/Julio 2011)

Invierno otra vez y tu sensación dérmica indica un gélido bajo cero. Aunque, tu perro y tu gato, te hacen de osos de peluche, sentís que necesitas urgentemente unos brazos grandotes o unos chiquitos pero juguetones que te ayuden a que la hibernación sea un poco más cálida. Teniendo en cuenta que desde el último invierno a esta parte no conociste ni una mano que te choque los cinco, las probabilidades de que encuentres lo que buscas en pocos días son bajísimas. Así es que si te preguntas como revertir la situación, no se si acá vas a encontrar la respuesta, pero que las hay… las hay.

Ya te gustaría emigrar hacia el hemisferio del mapamundi en donde el calor le quita la remera hasta el más recatado. Pero si no te quedan días para pedirte, tus ahorros solo te alcanzan para un pasaje a Las Toninas o sos Dueña y tu mega empresa -como un recién nacido- te pide la teta cada media hora, no te queda otra que desarchivar el vestuario mas abrigado, rezar para que no haga mas frío que el año pasado y enfrentar algo que te preocupa de verdad: otro invierno mas y los únicos que te dan la bienvenida en tu casa y sobre todo en tu cama son Peter y Coca. Aunque tus amigos hombres afirman que es el trío perfecto, sin dimes ni diretes, vos comenzás a necesitar algo más.
Y eso que no estás hablando de necesitar al príncipe azul, porque tanto la vida como tu vieja se encargaron de demostrarte que el último ejemplar de la especie destiñó y de su costilla nacieron todos los demás. No. Solo pedís alguien que al menos deje menos pelos en la cama que tus mascotas, te contradiga –solo lo necesario para reafirmar tus creencias y darle un poco de acción a tus días-, le guste hacer cucharita -solo cuando hace frío, nunca en verano- y que cada tanto se le escape un “te quiero” en lenguaje humano.

Todo muy lindo y romántico, pero ¿como se hace? -te preguntás-. Entonces haces uso sin abuso del sentido común -que es el menos común de los sentidos- y pensás que quizás sea el momento de volver a beber de la fuente inagotable de las técnicas de seducción que a los veintipico te dieron tantas satisfacciones y que incluso, fueron inspiradoras para tus amigas que –dicho sea de paso- no paraban de contabilizar tus citas con palitos agrupados de a diez en la pared de tu habitación debajo del póster de Patrick Swayze.

Para muestra, un botón. Una noche volvías de la facu en tren y te subiste a un vagón que estaba deshabitado por completo, salvo por él. Entonces luego de dirimirte entre hacerlo o no, respondiste sin contradecir a una fuerza extraterrena o intrauterina que te obligó a sentarte justo a su lado. Un apuesto morocho de rulos, claro ejemplo de que existe vida en otros planetas. Abrigado con un montgomery verde militar y desabrigado con un jean gastado justo a la altura de una hermosa rodilla peluda que confirmaba lo que su dueño estaba leyendo en unos apuntes: “El Objeto A, es el objeto causante del deseo”. Y vos bombonazo con tu rodilla pelilarga, sos el causante del mío –pensaste-.
Ya te hubiera gustado que la próxima parada sea en un restó con cena para dos, pero solo faltaban dos estaciones para que la vida otra vez los vuelva a separar –como si alguna vez hubiera habido una primera-. Así es que hiciste un claro abuso de una de las técnicas más antiguas de seducción de la humanidad –por lo menos desde que se inventó el reloj a esta parte-. Mientras escondías tu celular, tu reloj pulsera y todo lo que pudiera dar hora, en un nefasto ejemplo de sobreactuación, formulaste la pregunta que terminó haciendo pogo contra las paredes de un vagón que mágicamente seguía vacío. En un rapto de sagacidad, él contestó que sí, que tenía hora, pero no te dijo cual y a vos te pareció súper original el chiste –o por lo menos, fingiste que fue una humorada inédita, jamás hecha en la historia de la humanidad-.
Faltaba solo una parada y entre pulsiones, Lacan y bueyes perdidos, lo invitaste a salir y así fue en varias ocasiones. Hasta que –como pasa siempre en el mundo real- extrañamente, cuando tenes lo que querés, dejas de quererlo. En poco tiempo, le confesaste que sus chistes nunca fueron tan buenos y rápidamente cambiaste el tren por el bondi sin abandonar –como hasta hace unos largos años- tu costumbre de preguntarle al más guapo de los pasajeros por la hora, la sensación térmica o, simplemente, si cree en el amor a primera vista.

Ahora tu casa se siente mas helada que nunca no solo por la obvia ausencia de un Objeto A y de un Sujeto X capaz de entibiarla sino porque otra vez la estufa no funciona. Mientras te abrigas como para una excursión en el Perito Moreno solo para no morir congelada dentro de tu propia cama, pensás que a esta altura no te animarías a preguntarle la hora ni a tu propio reloj. Sencillamente –o no tanto- porque ya no peinas hopos ni tenes veintipico, tu cara no es tan dura como antes y tiene muchas mas caretas que las que te gustaría. Pero el invierno recién comienza así es que queridas chichipías nunca digan nunca, café con torta frita y Good Show.

lunes, 11 de julio de 2011

Hay para todas

(Texto publicado en Victoria Rolanda el 11 de Julio de 2011)

Cuando lo inexorable ocurre, solo quedan dos caminos: o zambullirte en el agujero negro de un cálido vaso de cerveza hasta descubrir que hay después de esa nada o aceptar que tus amigas se van poniendo de novias mientras vos seguís con tu numerito en la mano esperando a que te llame San Antonio, y aunque mas no sea, te mande el guardavidas que te salve de esa caída.

Ellas dicen que no, que no son novios. Que solo se ven los domingos, van al cine los miércoles y a cenar los jueves, pero que eso no califica de novio. Se ríen con sorna cuando confiesan que él deja remeras sucias con símbolos zurditos para lavar en un lavarropa acostumbrado a delicadas prendas femeninas compradas en locales bien de derecha.

Tampoco se hacen cargo de que están al borde de decirle suegro a su padre, pero confiesan que se resisten a decirle suegra a la bruja que el chico en cuestión tiene por madre, así que eso también es una excusa a la hora de negar el estado civil que va tornando de claro a oscuro más rápido de lo que tenían pensado.

Así es que en la teoría no están de novias, pero en la práctica no paran de hablar de ellos cada vez que se abre un silencio en la conversación de todas las que todavía no engancharon a nadie y siempre, pero siempre, terminan el comentario con una sonrisa tamaño Mariana Fabbiani para la alegría de pocas y la bronca de muchas.

No te preocupes. Respirá profundo. Contá hasta el infinito punto rojo y recordá lo que escuchabas en las fiestas de cumpleaños cuando rompían las piñatas y vos te preparabas para matar o morir por tu muñequito preferido: Despacio que hay para todas. Si lo creíste cuando eras niña ¿por qué no creer ahora?

lunes, 13 de junio de 2011

Ese mensaje de texto que jurabas nunca mandar

(Texto Publicado en Victoria Rolanda el 13 de Junio de 2011)


Qué difícil es sostener las propias convicciones –pensás- mientras escribís, borrás y volvés a escribir ese mensaje de texto que jurabas nunca ibas a mandar. Son las nueve de la noche de un sábado que se va alistando en la fila de esos en los que te preguntás seriamente sobre quién habrá inventado los sábados. Con total sadismo de su parte, el reloj marca las nueve, hora en que si no tenés planes, solo te quedan dos caminos posibles: comerte un cuarto de crema del cielo mientras ves por décima vez Ghost la sombra del amor. Reflexionar acerca de la belleza ochentosa de Patrick Swayze. Lamentar el hecho de no haber estudiado orfebrería y haber aprendido a modelar un jarrón con cuatro manos. O mandar ese mensaje de texto que juraste nunca mandar.

No hablo de un mensaje cualquiera. Hablo de ese mensaje que fue escrito el miércoles durante la hora de almuerzo que te tomaste para pensar con detenimiento cómo ibas a decirle que lo querías ver, sin antes haber recibido un mensaje de su parte con la misma intención. No es joda, es una situación compleja, porque cuando la que avanza sos vos, el mensaje no debe quedar como un lance explícito ni como unas tibias líneas de contacto formal.

Asi es que recuperás el mensaje del buzón de borradores y lo releés detenidamente por si se te ocurre alguna otra idea brillante para quedar como una copada divertida y súper ingeniosa futura compañera de cita. Pero como ya son las diez y media, el mensaje debe ir directísimo al grano, así que borrás todo lo que escribiste y proponés un escueto: "¿Salimos esta noche?" Y es en ese mismo instante en que un sobrecito vuela directo y sin escalas al celular del susodicho que, sin tiempo de espera, te responde: "¿Me lo preguntas a mí?"

¡Por Dios! ¿Pero a quién se lo voy a preguntar? El segundo mensaje, de lo obvio que es, ya te da bronca mandarlo: “Si, te lo digo a vos. ¿Salimos esta noche?”. El segundo sobre volador tarda en llegar y entonces un tsunami de preguntas inundan la aldea de tus pensamientos: ¿Me responderá con otra pregunta, lo que confirma que es un boludo importante, incapaz de merecerme?, ¿Habré sido muy directa? o ¿Me va a rezar el padrenuestro de por qué no podemos salir esta noche? Y en ese momento cuando estás a punto de ahogarte en vos misma, te contesta un telegráfico “dale, salgamos”.

¿Y ahora, qué hacés? Respondió lo que esperabas y a la vez no. Así es que ahora, si bien encontraste el conjunto que buscabas, no estás depilada, todavía tenés que bañarte, maquillarte, decidir el outfit y ya te da fiaca, y comenzás a ver tu cama con cariño, la tele como una buena compañera, la frialdad del sábado por la noche en tu casa se transforma en la calidez de un hogar que está dispuesto una vez más a cobijarte. Entonces te sincerás con vos misma aceptando que tu costado de minita histérica está mucho más desarrollado de lo que te gustaría. Pero otra historia sería si fuera él quien tenga en su buzón de borradores ese mensaje de texto que jura nunca mandar.

lunes, 11 de abril de 2011

Conoceme. No me idealices.

Una vez me dijeron "Conoceme. No me idealices". Si queres saber como clikeá en el logo de Victoria Rolanda

lunes, 28 de febrero de 2011

¿Soldado que huye sirve para otra cita?

Parece que en épocas de fast food, trenes balas y speed dates, los primeros cuatro minutos de una cita son suficientes para tomar una decisión. Así que sentada frente a él, te preguntás: ¿Da para que pase algo más? o ¿pagamos la cuenta a medias y si te he visto no me acuerdo?

Minuto uno

-Tengo cuatro hijos. Estoy recién separado. No puedo tomar vino porque estoy medicado. Este año se define si soy millonario o pierdo todo lo que invertí y la próxima salida me gustaría que te pintes las uñas de rojo para mi.

Minuto dos

-No... mentira, risas de parte de él -obvio-. ¿Pedimos?

Esos fueron los primeros dos minutos de la primera cita.
Según indican los especialistas, el común de los mortales adopta una decisión sentimental luego de los cuatro minutos de conocerse.

Minuto tres

Escudada tras la carta fingiendo una atenta búsqueda culinaria, las voces ajenas de las mesas vecinas se silencian para darle paso a tres pensamientos que te gritan al unísono:
Una certeza: la noche no parece ser la cita soñada y encima recién comienza.
Una pregunta: ¿Que de todo lo que dijo es verdad?
Un dilema: ¿Quedarse y averiguarlo o huir y servir para otra cita?

Minuto cuatro

¿Que hago?


Qué difícil es ser valiente en estos momentos cuando lo que en realidad te nace es ser cobarde e huir. Huir para poder servir para otras citas –Con San Antonio patas arriba mediante-. “Pero me extraña de vos, no te enseñamos a huir de las situaciones difíciles tipo rata por tirante” -dice una voz que no se cansa de imitar a la de tus viejos sobre todo en el gesto con el dedo índice inquisidor apuntando justo entre tus cejas.

Despacio asomás la cabeza por encima de la carta que oficia de escudo y relojeás a tu alrededor en búsqueda de un rostro que desde otra mesa haya escuchado lo que vos: que el pibe tiene cuatro hijos, que está recién separado, que se medica diariamente y que te promete, fetiche de uñas rojas mediante, un futuro de contigo pan y cebolla. O contigo y fina masa levada con verdes rúculas y tomates disecados al Sunrise –juro que lo leí en una carta en Palermogólico-.

Obvio que nadie escucho nada, es más, con suerte a ellos no les tocó escuchar algo similar en toda su vida, por eso sonríen felices con gestos de placentero relax en sus rostros. En cambio tu cara no sabe si sonreír y comentar: “Que chistoso que sos, ¿te ganas la vida así? Pero porque no te contás uno de gallegos y nos reímos todos”.

O quedarse impávida esperando a que él desmienta todo diciendo: “¿Te lo creíste? Es un chiste linda, ¿que querés cenar?”

En cualquiera de los dos casos estas en total derecho de pensar: “Este se creyó Olmedo, Biondi y Porcel todos juntos. Si así arranca la noche ni me quiero imaginar como vamos a terminar”.

Tu boca junto a vos deciden esperar. Esperar a que de su boca surja algo que justifique el tiempo que estas pasando con él en lugar de estar en tu casa pasándolo divino con vos misma degustando tu cuarto de helado vanguardista que te quedó en el freezer y que sabés que nadie va a tocar porque vivís sola.

Justo cuando el sutil reloj de la intuición está por marcar los primeros cuatro minutos de tu cita él eleva su mirada de la Antología de poetas y cocineros contemporáneos –o carta, como prefieras llamarla- y felizmente replica:
- Ya sé que querías comer pastas pero te digo que acá la pizza a la leña es genial y a vos te quedaría divino comerla con la manos si tuvieras las uñas pintadas de rojo”.

En el minuto cinco te encontrás parando un taxi en la esquina mientras te mirás las uñas y pensás que en cuanto llegues a tu casa tirás todos esmaltes rojos que tengas en el aparador del baño.

lunes, 14 de febrero de 2011

¿Qué se festeja en San Valentín?

Texto publicado en Victoria Rolanda el 14 de febrero de 2011)

Ya lo veías venir hace quince días, cuando los locales de chucherías atestaban sus vidrieras de rojo pasión. Pasión por un día que solo festejan unos pocos. ¿Calificás para el festejo si estás enamorada de tu gata, de tu orquídea, de tu profesión, de la vida?

Estás sola, que no es lo mismo que ser sola -que te quede bien claro-. Estar sola es una circunstancia pasajera como cuando estás triste o feliz. Lo otro, el ser sola, me suena más a un estado permanente de soledad, que es justo lo que no deseas ¿O sí? El caso es que, teniendo clarísima esta diferencia, no vas a sentirte perseguida por osos de peluche gigantes, bombardeada por agrios bombones con forma de corazón ni por ejércitos de flores de probeta con cursis pancartas de amor.

Mientras te seguís preguntando por qué le damos tanta importancia a un santo foráneo de dudosa existencia que seguro -por ser católico- ni siquiera se enamoró, pensás que sería bueno realizar algunas técnicas de distracción para que el día de los enamorados pase por tu calendario sin pena ni gloria, y lo más rápido posible.

1. Dormir durante todo el día. Te acostás el domingo y mientras visualizas ovejas de chocolate saltando por un prado de menta granizada te vas quedando dormida hasta el martes, luego de las doce. Quizás, en tus sueños, hasta puedas tener una cita romántica con el nuevo del laburo –que todavía no sabés si es gay, pero si no lo es, ya va a caer-.

2. Mientras pensás que tranquilamente podrías adoptar el uso horario de Australia, modificás el reloj de la cocina, de la mesita de luz, de pulsera y hasta el de la Torre de los Ingleses, además de cambiar la fecha en el celular y en la compu. Todo esto a riesgo de enterarte, de todas maneras, que es 14 cuando leas el diario, prendas la tele para ver el pronóstico o mires de reojo el reloj de tu vecino de asiento en el bondi rumbo al trabajo.

3. Mediante piquetes, creación de grupos en redes sociales y encadenamientos a monumentos importantes, intentás convencer a la humanidad que el rojo trae mala suerte y, sobre todo, si viene en forma de corazón o de rosas sin espinas. Si aún así pareciera que la mitad más uno de la población es de Independente y no de Boca, redoblás la apuesta diciendo que el uso del rojo le podría causar a los hombres una repentina calvicie y las mujeres desamores crónicos.

4. Luego del intenso día, es muy importante que al volver a casa evites un frenético zapping por odiosas películas rosas con finales felices. Lo único que lograrás si contradecís este punto será despertar la Mrs. Hide que tenés dormida, capaz hasta de boicotear las citas de tus mejores amigas, totalmente convencida de que si vos no tenés una, nadie puede tenerla.

Si aún intentando todo esto, el mundo sigue su curso –como lo viene haciendo millones de años antes que vos nacieras- y no te queda otra opción que transcurrir el Día de los Enamorados, te propongo que tomes el toro por las astas o al Santo por su coronita y -aunque suene a manual de autoayuda- te cites a vos misma en un bar de Palermo, te digas bonitas frases al oído y disfrutes de lo que te toca hoy. Mañana será 15, el novio llegará cuando deba llegar, y, si no, ya se nos ocurrirán más técnicas de distracción para el año que viene.

-¡Mozo! una cerveza y una individual de mozzarela, por favor.

¡A tu salud!

¿Feliz Año Nuevo?

(Texto publicado en Victoria Rolanda el 31 de enero de 2011)

Colgás el traje de Papa Noel. Cajoneás la matraca y el silbato de la fiesta de fin de año. Te desmaquillás el corcho quemado de cuando hiciste de Melchor y etiquetás las fotos de tus vacaciones. Todo eso en menos de un mes. Es el comienzo oficial de un nuevo año. ¿Y ahora qué?


8 AM. Tu despertador rebota contra las paredes, te despierta y te recuerda que todo lo que viviste durante las últimas tres semanas fue pura ficción. Una realidad paralela. Un mundo de ensueño lleno de guardavidas ensungados, montados en unicornios alados, volando a tus brazos con propósitos non sanctos hacia vos, que no sabrás latín, pero entendés a la perfección lo que quiere decir propósito y con eso te alcanza.

- Es sábado. No, es lunes. ¿O es domingo? Estoy en el hotel. No, en casa. Es lunes y estoy en casa. Confirmado, sí, otra vez es lunes y estás enrollada tipo niño envuelto entre las sábanas blancas que, por cinco minutos más –esos maravillosos cinco minutos de fiaca-, te protegen de un nuevo lunes, pero no como cualquier otro lunes: es el primero de tu año nuevo. Sí, hoy, un 24 de enero, que lejos está de ser el primer día del año calendario, ese que sólo recordás por fotos y por declaraciones de testigos presenciales, ya que si de vos dependiera la reconstrucción de los hechos, sería más fácil cajonear el caso y a otra cosa mariposa.

Con una mano ponés la pava para el mate, con la otra terminás de exprimir el jugo de dos naranjas, acariciás a la gata con el pie izquierdo y con el derecho atajás la tostada que siempre cae del lado de la mermelada. Todo eso mientras esperás a que la única neurona despierta termine de desperezarse y te ayude a encontrar la lista que escribiste con los objetivos a cumplir durante el 2011.

Uno. Cambiar el rumbo de mi carrera profesional. Tomar el toro por las astas y definir qué es lo que quiero hacer de mi vida, no puede ser que siga trabajando en los lugares que el destino me va ofreciendo, sin que yo decida realmente qué es lo que quiero hacer.

Dos. Poner linda mi casa. Un bar de camioneros sobre ruta 9 tal vez sea más cool que la decoración de mi comedor. Tengo que poner en práctica todos los consejos útiles para reciclado de muebles retro-vintage de las revistas de decoración que mi otro yo masoquista se encarga de comprar. Tengo que reconciliarme con la Patricia Miccio que hay en mí y aceptar que la vida puede ser un bricolage.

Tres. Volver a la psico. ¿En qué momento me hice la superada y le dije que había solucionado el menage à trois entre mi yo, mi ello y mi súper yo?

Cuatro. Empezar los cursos de meditación, yoga, tai chi chuan, dramaturgia, historia del sombrero en medio oriente, origami y terminar alguno.

Cinco. Decirle a Nico lo que siento y que sea lo que Dios quiera.

Seis. Rezar para que Dios quiera lo mismo que quiero yo.

Siete. Que cuando termine de leer esta lista pueda tomar la decisión correcta para dar el primer gran paso.

9 AM. Respirás profundo. Leés el punto siete nuevamente, ¿y ahora qué? Mirás el piso de tu cocina y lo único que hacés es limpiar la mermelada de la tostada caída. No será un primer gran paso, pero dicen que por algo se empieza, ¿o no?

lunes, 7 de febrero de 2011

Que pretende usted… de usted

Que si estudias porque estudias y no tenes tiempo para trabajar de lo que te gusta. Si trabajas de lo que te gusta no te queda tiempo para estudiar que, dicho sea de paso, ya no te copa tanto. Si es petiso sentís que el hombre de la pareja sos vos y encima tenes que cajonear las plataformas. Si es alto podes usar tacos pero la tortícolis crónica por chapar a cuatro manos no te la saca ni Dios. Necesitas urgente unas vacaciones relax en una playa paradisíaca pero ahorraste para ir a Machu Pichu y sufrir el Camino del Inca.
Ya decía la Coca Sarli: que pretende usted de mi. Ya digo yo: ¿que pretende usted de usted?


Jueves de chicas. Departamento a medio mudar de una de las cuatro a medio divorciar. Varias caipirinhas bien brasileras y sushi bien japonés comprado en el barrio chino. Todas se enorgullecen de la nefasta combinación culinaria salvo la chef recién recibida que baja el dedo pulgar mientras pide a gritos que ruede la cabeza de la autora intelectual del funesto crimen.
Entre sugerencias de esmaltes y apreciaciones ligeras sobre lo mal que la esta pasando Egipto una cadena de oídos prestan el favor de escuchar la historia que la primera tiene para contar: Que no sabes que hacer, que si te preguntan les dirías que parece que si, que este es el hombre perfecto. Que es muy copado y que con sus sobrinos es re simpático, que si haces una proyección a largísimo plazo lo ves un excelente padre, de esos que saben coser trenzas en la cabeza de su hija mientras se afeitan para ir a la oficina. Que además no te deja ni amagar a pagar la mitad de nada y hasta ya habla de un viaje juntos. ¡Si! Un viaje a la laguna de Chascomús para practicar unos mudras que aprendió en yoga y que los va a consolidar como pareja también en el plano espiritual. El punto es que estos detalles no pueden distraerte del hecho de que te queda a la altura de la axila, que sos vos la que lo abraza rodeándole el cuello y la que tiene que bajar el cordón de la vereda para poder estar a la altura de una circunstancia que ya no podes evitar: ¡Salís con alguien mucho mas petiso que vos! Y lo peor es que no es un dato menor porque también te quejaste de cuando saliste con un mega alto tipo globetrotters, terminaste padeciendo tortícolis crónica y no había tacos que te ayudaran a darle, aunque sea, un apretón de manos.
Pero a vos no te viene nada bien dictamina una, mientras afirma que si bien es vegetariana de buen grado se comería un nagiri con mucho salmón.

La eterna contradicción. Esa semilla que germina de a poco y va socavando con sus raíces en lo mas profundo de la inconciencia hasta que resquebraja la mampostería de tu Yo conciente y da sus infernales frutos justo en el momento en que menos lo esperas –si es que hubiera un momento adecuado para esperarlo-. El momento justo en el que tenes que tomar alguna decisión. Puede ser cualquier decisión. No necesariamente son esas de blanco o negro, de vida o muerte o de soltera-casada.
¿Gataflorismo crónico o ansias de superación? Todavía no lo sabemos. Mientras tanto recargá la caipirinha y cortá mas sushi o mejor hacete un cafecito con budín y escuchemos la historia que la segunda tiene para contar.

lunes, 24 de enero de 2011

Salud, dinero y amor, amor, amor

(Texto publicado en Victoria Rolanda el 03 de enero de 2011)

Mientras tragás una pasa de uva por cada mes del año y te acomodás la tanga rosa regalo de tu tía abuela te das cuenta que de la lista de objetivos a alcanzar en el 2011 casi el cien por ciento de los deseos rondan en lo mismo: Conseguir un novio cueste lo que cueste. Si no te alcanzaron casi treinta años, ¿te alcanzarán los próximos 365 días?

Últimos minutos del viejo año. En el living comedor, tu abuela te convida de su sidra sin alcohol recomendándotela para el reuma y tu tío viudo amordaza las fauces de la hereje de su novia que se devora el turrón de ostia sin haberse confesado. Justo pegada al lado tuyo y abrazada al gato, tu tía solterona no para de repetirle a tu otro yo -que es el único que todavía la escucha- que ella era igual que vos a tu edad, o sea, sola pero con treinta años menos. ¿Hace falta que otra vez te ponga delante el maldito espejo que venís esquivando cada vez que te la encontrás? ¿No se da cuenta que tener pareja es el único objetivo pendiente del 2010 y de hace varios balances anuales anteriores?
Aunque parece que el último grito de la moda es estar sola por elección vos preferís hacer oídos sordos y seguir eligiendo la opción de que la vida es mejor acompañada.

Segundos antes de las doce, la fotocopia de tu lista de objetivos a cumplir se completa con un identikit pormenorizado de tu príncipe azul, ese que seguramente, antes de probarte el zapatito de cristal, te va a hacer padecer como un ogro: simpático y alegre, muy inteligente y con sentido del humor; que sea muy sociable para caerle bien a tus viejos, amigos, compañeros de trabajo, diariero y verdulero amigo; que en lo posible cocine mejor que vos o como mínimo que cocine; que tenga un titulo terciario o que sea el mejor calificado de la universidad de la vida; que no escuche fútbol los domingos ni te despierte con el zumbido del TC 2000; que sepa que el tamaño de la lágrima que te provoca el cine no es el mismo que el que provoca ver la peli en dvd; que de ser posible no te acompañe a ir de shopping y que si lo hace se saque la careta de embole que es la que se puso tu viejo durante toda tu adolescencia; que solo dependa de su madre para llevarse los domingos las berenjenas en escabeche que le salen tan ricas y que no siga la prehistórica doctrina de su viejo fiel creyente de que la mujer solo nació para ser madre.
La lista se completa con algunos “insignificantes” puntos relacionados con la apariencia física: que sea alto y buen mozo; morocho de ojos claros; no te digo que se vista a la moda pero que por lo menos evite los shorts de poliéster con náuticos y soquetes y –y estabas olvidando- que no tenga otro vicio mas que el fulbacho con los pibes una día que no interfiera con tus planes de pareja. En fin, un pedido nada extravagante.

Las doce. Con la mano acalambrada, le pones el punto final a tu lista. Tomás la copa de champagne que para esta altura esta caliente como negra en baile, cerrás los ojos fuertes -casi al punto de corrimiento de rimel- y visualizas al hombre de tu vida montado en un corcel blanco en el living comedor de tu casa tildando con verdadero o falso el pergamino de atributos que le exigís. Hasta que justo en el momento en que esta emprendiendo la retirada descalificado por mayoría de respuestas falsas, mirás a tu tía – que eligió estar sola aunque ella se lo atribuya al destino- y ahí nomás lo frenas parándote delante del corcel y le propones eliminar algunas exigencias de la lista porque esta vez los 365 días del 2011 te tienen que alcanzar para que en el próximo año solo tengas que pedir salud, dinero y amor pero para el resto de la humanidad.

martes, 4 de enero de 2011

Esta todo bien, no pasa nada

(Texto publicado en Victoria Rolanda el 20 de Diciembre de 2010)

Hace rato que no pasa nada con tu novio y muy por el contrario a lo que ellos creen, en nuestro mundo, cuando no pasa nada es que esta pasando de todo. Asi es que mientras movés la piernita histéricamente y chequeás la carga del tu rayo láser mata-nabos que lo atravesaría sin piedad, deletras la implacable frase: TENEMOS QUE HABLAR.

Faltan algunas horas para que termine tu sábado, que lejos esta de ser uno de súper acción. Es más bien un sábado fotocopia, uno como la mayoría de los que transcurrieron durante el año de relación que llevás con él. Él, que ahora se colgó otra vez jugando al Wonder Boy online con sus amigos íntimos de Singapur.

Como todavía no aprendiste que vos tenés que hacer tu vida, vas viviendo la de él. Entonces, saltás al ritmo del cavernícola tratando de alcanzar las frutas con la esperanza de que te dé una vida más. Una vida como la que soñaste o al menos una propia: propia como tu nombre, como la toalla con tus iniciales bordadas, como el pulóver verde loro que usás los domingos de invierno.

Un mazazo venido de tu otro “yo” harto de la situación, te invita delicadamente a reiterar, antes que él se disponga a pasar al nivel tres, TENEMOS QUE HABLAR.

-Yo sé que nos queremos y que en teoría estamos bien, pero hace unos días, bah, en realidad algunos meses, que hay algo que está pasando que no sé qué es. ¿Vos qué sentís? Contame.

Silencio de radio.

El blondo cavernícola ahora corre de un lado a otro atrapado entre la espada y la pared o entre la cobra y el caracol asesino. Corre agitado como queriendo escapar de la pantalla, de la habitación o del planeta, mientras se pregunta por qué justo a él le vienen con esos planteos, a él que solo quería vivir de la caza y la pesca, arrastrar de los pelos a su hembra y lograr con dos piedras la magia de fuego.
“¿Pero qué es lo que pasa?”, te pregunta muy suelto de cuerpo, así como si estuviera preguntando la hora o cómo está tu gata, cuando sabe perfectamente que está bien, porque no siente ni sufre como la dueña cuando su novio no le da bola. Tan relajado lo pregunta que solo podés responder “está todo bien, no pasa nada”.

Está todo bien, no pasa nada.

Sí, otra vez. De tu peor faceta, la de culebrón barato a lo Luisa Kuliok, emerge la frase que juraste nunca más decir porque reduce un tsunami de reproches e incomodidades a una tímida olita de boludeces pasajeras. Esa frase que usás para no desplegar el papiro de todo lo que te jode, por miedo a que él no quiera escucharlo ni mucho menos solucionarlo.

Pero ya tenés treinta y pico y aprendiste que tenés que respetar tus propios juramentos. Así que frenás tu piernita histérica, desactivás el rayo láser mata-nabos y le decís a tu Wonder Boy -convencido de que puede pasar al nivel siguiente sólo apretando enter- que no sos Wonder Woman y el hecho de que no pase nada es el problema,el gran problema.

Y ahora que el pergamino de cosas por resolver comenzó a desplegarse y que el tsunami no se conviertió en olita, quizás juntos quieran, como el Wonder Boy, aplastar al caracol asesino y atrapar las frutitas que les regale una vida más, una vida como la que soñaron o, por lo menos, una vida de súper acción.