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jueves, 14 de febrero de 2013

Fuck you San Valentin


Ya no ves la hora de que pase de una buena vez la fiesta a la que solo están invitados unos pocos ¿Quiénes? ¡Voilà! Sí, adivinaste: los enamorados. Y si te convertís en una fiel devota de San Valentín: ¿podrás ser merecedora del milagro de conseguir novio antes de las doce? Si la respuesta es “no sé”, leé lo que sigue y aunque no creas en las historias de amor… puede que existan.
Estas a horas del día que ya no querés ni nombrar y no hay noticias de un enamorado que te arrastre el ala ni a diez cuadras a la redonda. ¡Qué digo cuadras!, planetas a la redonda. Sumado a que no sabés si la a ciudad se prende fuego o si los negocios se complotaron para abarrotar su vidrieras con corazones rojos de todos los talles y declaraciones melosas en varios idiomas y hasta en lenguas muertas. Lo que sí sabés, es que camines por donde camines todo venera a San Valentín, un santo que de argento no tiene nada; que te recuerda que no tenés novio y que la única chance de encontrarlo antes de las doce no es justamente rezándole, sino, a lo sumo, con la ayuda de una hada madrina que convierta algún zapallo en un apuesto príncipe azul.
Es tarde a la tarde. Hay luna casi llena. En realidad, más vacía que llena. Vacía de poesía, por lo menos para vos que estás sola en una mesita de bar en una esquina de San Telmo. Aunque en realidad estás acompañada por tu gata Coca que comparte tu mesa sentada frente a vos justo como debe hacerlo una gata bien soltera como su madre: con el pecho erguido, mirando lo importante, relamiéndose la boca y haciendo gala de su atuendo animal print tan kitsch como el tuyo.
Mientras tu mesa para uno se diferencia del resto que sirve picada para dos, pareciera que el reloj jugara carrera contra él mismo y encima se ganara. Tu cafecito doble se transforma en una cervecita bien helada y esta en una cena con postre y otra vez cafecito. El tiempo pasa y los únicos moros en la costa son hombres con regalos escondidos para sorprender a sus mujeres que solo ríen para confirmarle a su Don Juan que son merecedoras del premio al amor.
A segundos de las doce, el tiempo abandona la carrera, la luna se llena y los moros en la costa se paralizan como si hubieran jugado a la mancha estatua. Pero nada de esto ocurre en la mesa de al lado que sigue su curso normal.
Mientras la camarera limpia la miel derramada por unos tortolos que migraron hacia el hotel más cercano, un apuesto caballero le corre el asiento a su acompañante perruno. En ese instante, el tiempo vuelve a sus quehaceres y a que lo inexorable ocurra, así es que marca las doce y justo cuando estás por pedir la cuenta, él distrae al mozo pidiendo un solitario café en jarrito para él y agua para Coco, su perro amigo. Sí, no te acomodes los anteojos porque lo viste bien, hizo el típico y valiente gesto de pedir un café para uno solo en la víspera de San Valentín. Por milagro o por asistencia de un hada madrina en servicio veinticuatro horas, mágicamente las dos mesas para uno se convierten en una para dos.
Te digo que aun así, sigo sin creer en las historias de amor. Pero: “creer o reventar”, dice mi tía. Que las hay… las hay.