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lunes, 12 de diciembre de 2011

Todo por dos besos

Si tuvieras que hacer hoy, a tus treinta, la típica lista que hacías a tus quince de los chicos que te gustan, te chapaste, te curtiste o todo eso junto, no alcanzaría toda la producción de madera del Amazonas de acá hasta el día del juicio final. En ese extenso listado, te están faltando pocas figuritas para completar el álbum de la raza masculina. Piloto de avión, artista hippie chic, oficinista físico culturista, psicólogo depresivo seudo feliz, el halagador vendedor de ilusiones y de seguros, hétero devenido en homo y hasta un señor de las cuatro décadas casi cinco devenido en pendeviejo a la moda. Pero en esa lista te faltó uno que hasta que no lo conociste no lo creíste: el obsesivo por el número dos.

"Todo lo cuento por dos", te dice mientras pide un trago para vos y dos para él.Que curioso -pensas- ahora que su trastorno obsesivo compulsivo te va pareciendo divertido. Así empezó la cita. Por lo que tenés entendido y practicado, en las primeras citas uno intenta impresionar al otro con sus mejores cualidades porque no se sabe si habrá segunda vuelta así es que te pones tu mejor vestido, realzas tu mirada intentando delinear los ojos para que no crea que te maquillaste en el zamba, lees el diario y sus suplementos durante una semana para poder hablar con propiedad de temas varios evitando tocar algunos rispidos como la política y la religión y sacas tu mejor sonrisa que es aquella que sabe ocultar a la perfección tu diente torcido. A pesar de todo, de haber cruzado las piernas como un lady, haber comido menos de lo que hubieras comido y tomado lo justo y necesario para no caer en el sin retorno barro de la borrachera triste, él saco lo peor de si a las dos menos dos minutos de una madrugada que hasta el momento se perfilaba prometedora porque, por lo menos, acercaba un moro a la costa de una cama que no recibe ningún tipo de espécimen desde hace dos meses y dos días.

A esta altura, das por tierra toda posibilidad de una segunda cita no solo porque comienza a darte picazón el número dos sino porque además te vas transformando en la Súper Psicóloga Arregla Hombres que juraste nunca más ser pero que ahora se muere por ahondar en el tema. El final de su segundo trago le da comienzo a otros dos mientras mastica de dos en dos pochochos servidos de a par mientras te lleva a dar una vuelta por la montaña rusa de un universo nuevo lleno de curiosidades del tipo: Si tengo sed y hay cuatro botellas en la heladera, tomo dos para dejar dos -confiesa-. Mientras manejo voy contando los postes de luz de dos en dos y si el semáforo me frena en el poste impar sigo de largo, me falta una y llego a las doscientas multas. Compro remeras verdes azuladas de par en par y desde chiquito trato de evitar las veredas con baldosas, pero si no puedo, salto para caer en las pares, evitando tocar los bordes. Lo bueno -sigue pero ahora guiñándote el ojo y sonriendo a lo galán de culebrón- lo bueno, es que en la cama también es todo por dos.

Justo en el momento en el que estás a punto de pensar que ese último comentario podría borrar con el codo todo lo otro que escribió con la mano, termina confesando que así como ofrece doble, pide doble y no solo de una mujer –porque sería impar- sino de dos.

A estas alturas donde tu sonrisa se canso de ocultar lo obvio, tu maquillaje se parece al del corso más triste y la grande muzzarella que te devoraste quedo en el olvido, recordás que en algún momento de tu vida evaluaste la posibilidad de bifurcar el camino, pero también recordás que, a pesar de todo, los seguís eligiendo. Así es que ni lerda ni perezosa pergeñás un rápido plan de escape.
Podrías ir al baño y de paso fugarte del planeta, hacer una autollamada e inventar una historia con final trágico o presentarle al Mr. Jekill que tenés adentro confesando que si él tiene un desorden obsesivo compulsivo numérico, vos tenés un problemita de doble personalidad.

El punto es que no tenés ganas de modificar tu vida impar para que sea compatible con su mundo par de fiestas de a tres. Así que diste la cita por terminada, no sin antes preguntarle cómo hace con los cinco dedos de su mano, su único miembro viril y la única y última posibilidad que acaba de perder con vos.