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martes, 14 de febrero de 2012

Feliz día de San Queni


(Texto Publicado en Victoria Rolanda el 14 de febrero de 2012 Dia de San Valentín)

Que ni estás desoladamente soltera. Que ni estás felizmente enamorada. Queni’ Day es el día indicado para que festejen personas como vos o como yo, que habitamos el anárquico limbo de los excluídos tanto del Día del Soltero como el de San Valentín.

Que ni podés festejar el Día de San Valentín:

Por estos días, donde la imagen de Cupido se cuela entre vidrieras de regalarías y revistas para chicas, comenzás a creer –sin quitar el correspondiente grado de responsabilidad que te toca- que el infantil Cupido le erró y te apuntó justo con la flecha de punta de plomo del olvido y el desamor en lugar de la flecha con punta de oro que pareciera que es la que usó para el resto de la humanidad enamorada que invertirá el 14 de febrero en bombones derretidos solo para asegurarse a su media naranja algunas horas, días o años más. Y es que si no, no se entiende que las hojas de tu calendario practiquen bungee jumping hasta el tacho de basura sin siquiera una cita a la ginecóloga.

El punto es que para festejar el día del santo de Valentín hacen falta dos. Dos que por lo menos se correspondan en un sentimiento. Aclaro que por el solo y egocéntrico hecho de pertenecer al grupo de los inversores de tasas de corazones no vale tener un amor platónico o estar enamorada del amor.

Que ni podés festejar el Día del Soltero:

El punto es que si solo llegás a ser dos de vez en cuando y con el chico de pocas décadas que cada tanto te saquea la heladera a cambio de que vos le robes algunas horas de cama, tampoco calificás para festejar el día de quienes están solos, solitos, solos.

Que sí podés festejar el Día de San Queni:
Así es que, finalmente, deberías adorar a este santo pagano recién inventado que te acepta tal cual sos, sin novio, con un garch and go, un santo que ni es santo, que ni es real, pero qué lindo sería que fuera cierto.

lunes, 6 de febrero de 2012

Una golondrina hace verano


(Texto publicado en Victoria Rolanda el 6 de febrero de 2012)

Ya llegó febrero y aún no te fuiste a ningún lado. Tampoco sabrías dónde. El fin del verano pronto te va a estar pisando los talones y vos todavía sin plan. Pero como las golondrinas, hay que moverse. Y a esta altura, la verdad, es que poco importa con quién.

Enero pasó sin pena ni gloria entre pelopinchos y delfines de plástico en casa de tus sobrinos, valientes chapuzones en dudosas aguas tigrenses y alguna que otra invitación a la pileta de una amiga que, luego de pagar expensas de oro durante diez meses, usa como trampolín su balcón, al igual que sus otros ciento veinte vecinos durante dos cortísimos meses.

Y es que febrero lleva una semana, pero pareciera que en cualquier momento se vence sin haberlo abierto, como la leche que comprás y nunca tomás. Mientras tanto, vos seguís con el pescado sin vender o, peor, con las vacaciones sin organizar.

Todas tus amigas se fueron, volvieron y ya se están pelando. Todos tus compañeros de trabajo ya se fueron, volvieron y trajeron alfajores. Toda tu familia se fue, todavía no volvió y preferís que no lo hagan. Todos tus contactos de todas las redes sociales se fueron o se están por ir y preferís no ver ninguna foto feliz ni leer ningún comentario al respecto porque todavía Mark no inventó el tan deseado boton de “NO ME GUSTA”. Y vos no te fuiste, no estás por irte y tampoco te gusta porque simplemente no sabés a dónde ni con quién.

Y es que viajar sola se transformó, desde hace muchos años ya, en un deporte de riesgo, un salto sin arnés ni instructor al submundo infinito de una interioridad que no querés volver a enfrentar por lo menos en vacaciones.

Además, a menos que acepten patacones, los ahorros no te dejan soñar con cambiar de país, ni de estación y menos de idioma, así es que a estas alturas y con el tiempo siendo mucho más tirano que en la televisión, las opciones se cuentan con los dedos de Mickey, del Coyote o de cualquier otro personaje que tenga pocos dedos.

Así es que –sermón materno mediante- vas a hacer lo que nunca hiciste: aceptar la invitación que te hizo en una fiesta, entre copas de más e inhibiciones de menos, un perfecto desconocido y ahora futuro compañero de viaje.

Y es que una golondrina hace verano y sobre todo si está terminando.