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lunes, 13 de junio de 2011

Ese mensaje de texto que jurabas nunca mandar

(Texto Publicado en Victoria Rolanda el 13 de Junio de 2011)


Qué difícil es sostener las propias convicciones –pensás- mientras escribís, borrás y volvés a escribir ese mensaje de texto que jurabas nunca ibas a mandar. Son las nueve de la noche de un sábado que se va alistando en la fila de esos en los que te preguntás seriamente sobre quién habrá inventado los sábados. Con total sadismo de su parte, el reloj marca las nueve, hora en que si no tenés planes, solo te quedan dos caminos posibles: comerte un cuarto de crema del cielo mientras ves por décima vez Ghost la sombra del amor. Reflexionar acerca de la belleza ochentosa de Patrick Swayze. Lamentar el hecho de no haber estudiado orfebrería y haber aprendido a modelar un jarrón con cuatro manos. O mandar ese mensaje de texto que juraste nunca mandar.

No hablo de un mensaje cualquiera. Hablo de ese mensaje que fue escrito el miércoles durante la hora de almuerzo que te tomaste para pensar con detenimiento cómo ibas a decirle que lo querías ver, sin antes haber recibido un mensaje de su parte con la misma intención. No es joda, es una situación compleja, porque cuando la que avanza sos vos, el mensaje no debe quedar como un lance explícito ni como unas tibias líneas de contacto formal.

Asi es que recuperás el mensaje del buzón de borradores y lo releés detenidamente por si se te ocurre alguna otra idea brillante para quedar como una copada divertida y súper ingeniosa futura compañera de cita. Pero como ya son las diez y media, el mensaje debe ir directísimo al grano, así que borrás todo lo que escribiste y proponés un escueto: "¿Salimos esta noche?" Y es en ese mismo instante en que un sobrecito vuela directo y sin escalas al celular del susodicho que, sin tiempo de espera, te responde: "¿Me lo preguntas a mí?"

¡Por Dios! ¿Pero a quién se lo voy a preguntar? El segundo mensaje, de lo obvio que es, ya te da bronca mandarlo: “Si, te lo digo a vos. ¿Salimos esta noche?”. El segundo sobre volador tarda en llegar y entonces un tsunami de preguntas inundan la aldea de tus pensamientos: ¿Me responderá con otra pregunta, lo que confirma que es un boludo importante, incapaz de merecerme?, ¿Habré sido muy directa? o ¿Me va a rezar el padrenuestro de por qué no podemos salir esta noche? Y en ese momento cuando estás a punto de ahogarte en vos misma, te contesta un telegráfico “dale, salgamos”.

¿Y ahora, qué hacés? Respondió lo que esperabas y a la vez no. Así es que ahora, si bien encontraste el conjunto que buscabas, no estás depilada, todavía tenés que bañarte, maquillarte, decidir el outfit y ya te da fiaca, y comenzás a ver tu cama con cariño, la tele como una buena compañera, la frialdad del sábado por la noche en tu casa se transforma en la calidez de un hogar que está dispuesto una vez más a cobijarte. Entonces te sincerás con vos misma aceptando que tu costado de minita histérica está mucho más desarrollado de lo que te gustaría. Pero otra historia sería si fuera él quien tenga en su buzón de borradores ese mensaje de texto que jura nunca mandar.