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lunes, 13 de diciembre de 2010

Dime que calzas y te diré quien eres

(Texto publicado en Victoria Rolanda el 29 de Noviembre)

Lejos estaba de ser las doce de la noche. Lejos estaba de parecerse a la escalinata de un palacio real, de que vos seas la Cenicienta y él, un Príncipe Azul enamorado con ganas de cortejo, pero de zapatos se trataba. Esta es la historia.

Martes, uno regular, insípido, inodoro, incoloro como esos que tenés hace unos algunos meses ya. ¿Yendo a dónde? Si, adivinaste, al trabajo, uno regular, insípido, inodoro, incoloro ese que tenés hace algunos años ya. El mismo bondi, o mejor, la misma línea porque éste no tiene los dados y el chupete rosa colgando del espejo como la unidad de ayer, o sea, es otro bondi o por lo menos otro chofer con diferentes inquietudes: éste prefiere tener una bandeja pegada sobre la expendedora de boletos ofreciendo una variedad de bebidas alcohólicas en miniatura que a simple vista tuvieron dos destinos: o se evaporaron bajo los rayos utraviolentos de un sol de enero o fueron ultimadas por alguien que a juzgar por la cadena de frenazos que provoca cada dos paradas es precisamente quien no debiera haberlo hecho.

Hoy parece que frenada a frenada y codo a codo son mucho más que dos los que aprenden por la fuerza el baile del caño, incluso vos. Mientras que a dos pasajeros mas allá un pendeviejo con sudadera fluo y vincha de lentes ahumados logra una inversión corporal por sobre la monjita rezando un Ave María cada vez que espía de reojo su abductor interno superdesarrollado, vos, dos pasajeros mas acá, justo al lado tuyo el dueño del otro codo tiene unos zapatos que casi te invitan al dialogo.

Si, zapatos, leíste bien.

Un par color rojo pasión dos tonos más oscuro. Ese elegantísimo tono que seguro combina con todo aunque nunca pudiste comprobarlo porque, claro, nunca saliste con un tipo que los calzara y de ahí la intención de aceptar la invitación al dialogo. Un par ni muy cortos para hacer el paralelo inmediato e imaginar pidiéndote un taxi decepcionada luego de un pequeñísimo inconveniente de alcoba ni muy largos para pecar de fanfarrón y también imaginar pidiéndote un taxi casi feliz luego de un grandísimo inconveniente que te deja caminando como John Wayne por una semana. Ahora si al candidato le faltaban algunos puntos para el primer premio en el concurso Mr. Hombre Ideal, unos finos cordones negros dan el veredicto final: estas delante del ganador, ese candidato que ajusta pero no aprieta tal como sus cordones.

No podés creer que hayas encontrado al príncipe azul un martes a las ocho de la mañana en el sesenta y ahí nomás le pedís a la embarazada que te pellizque para constatar que es real cuando a través del reflejo lustroso del par derecho hay algo que brilla demás. No me digas que tiene un diente de oro porque es lo más, pensás, da pirata onda Jack Sparrow y ya quisieras que te robe todo, hasta el corazón, pero no, lo que brilla en este caso parece que es oro con forma de anillo ubicado justo en el dedo espanta toda posibilidad de flirteo. Seguís la pista, de abajo hacia arriba y el príncipe azul que había hecho tu martes menos martes, no solo calza los zapatos más lindos del mundo y el anillo más brillante del universo sino que además abraza a la mujer más enamorada de esta historia que en este caso no llegaste a ser vos.

Y nos dieron las diez y las once para cuando se rompió el hechizo, las doce y la una para cuando estas corriendo por la única escalinata que conocés, la de tu insípido, incoloro e inodoro trabajo, las dos y las tres para cuando parás el próximo bondi que rogás que esta vez solo lleve pasajeros en zapatillas, solteros y con ganas de ser Príncipes Azules.