(Texto publicado en Victoria Rolanda el lunes 3 de Octubre de 2011)
Cuando en la agenda de tu celular reemplazás el amoroso y super canchero Robert al frío y despechado Roberto es que la cosa pasó de Guatemala a Guatepeor sin escalas.
Noche, oscura noche. No tanto como va a estarlo dentro de unos minutos. Vos y él en su auto frente a tu casa. Algunas cervezas negras de más, no tantas como hubieras preferido para poder ahogar la pena que te va a dar la siguiente frase que salió sin filtro de su boca: me acaba de llamar mi ex y quiere hablar.
Parece que hubiera deletreado esa daga en forma de frase así, muy suelto de cuerpo y de culpas. “Así que quiere hablar con vos, mirá que divina –pensás-. ¿Por qué no la invitamos a tomar la decimocuarta ronda de birra que necesito para entender lo que me estás diciendo? Dale, yo pago una vuelta mas para los tres y hasta para la bandada los borrachos del tablón ¡Mira el sentido de la oportunidad que tiene esta chica, es maravillosa! Seguro que es de esas minas inoportunas que acotan comentarios pelotudos en plena escena de suspenso hitchcockiana en el cine. O en medio de una presentación familiar pregunta sobre un pariente que seguro murió hace pocos días y a continuación se disculpa por el error llevándose la servilleta a la boca solo para atajar la incontinencia de frases hechas que se le ocurren para disculparse. ¡Qué diosa! ¿De dónde la sacaste? ¿Del Olimpo De las Púberes de Tetas Alzar?"...
Si querés leer mas clikeá en el logo de Victoria Rolanda
Translate
martes, 4 de octubre de 2011
miércoles, 28 de septiembre de 2011
Pan y Queso
(Texto Publicado en OhMyDog del mes de Septiembre)
Todo es cuestión de pan y queso te dice tu compañera de trabajo, tan suelta de cuerpo y complejos, mientras lustra sus zapatitos de cristal calzados hace más de diez años por un apuesto príncipe, futuro marido y lacayo. Mientras constatás con malicia que el brillante par no sea de vidrio chino comprado en el barrio japonés, pensás que todo parece muy fácil visto desde una carroza que no se hará zapallo – o por lo menos ella con grandes esperanzas- pero no lo es tanto al costado de la pista de baile mirando de reojo como todos formaron pareja y van sonando los últimos acordes de una pieza que te hubiera gustado bailar.
Pan
Lunes. Uno de de esos bien negro. Más negro que el de todas las bolsas comerciales del mundo juntas. No querés caer en lugares comunes, pero es justo donde caíste: luego de un fin de semana encerrada con tu gata por haber cancelado la única salida que tenías solo por no morir de frío –cosa que no te importaba a los veinte mientras te desvestías con una minifalda en pleno julio- y tras haber contribuido al circuito cartonero con centenares de botellas y descartables de comida chatarra, hoy lunes, tu autoestima esta por debajo de la alfombra rogando que nadie la vea y que mucho menos la barra. Es que igual que a su dueña, le gusta regodearse en ella misma por lo menos hasta el martes.
Ya lo decía Bridget Jones, lo último que se pierde es la elegancia interior, así es que aunque te sentís la más fea del baile, que no se note dijo Giordano y moviendo las cabezas entrás en la oficina caminando como por una pasarela ubicada justo por delante de su escritorio. Para tu sorpresa antes que vos lo hagas, él te saluda con un tono de voz y una autoestima muy segura de sí misma, acariciada por un fin de semana de lujuria y pasión -todo lo que a vos te faltó-.
Sí, todas escucharon lo mismo, dijo: Buen día. Así es que junto con tus compañeras, se calzan el sobretodo de la 99 –claro, que sin la elegancia de la Feldon y solo con un poco mas de inteligencia que el Superagente 86- y comienzan a investigar que habrá querido decir con ese saludo. La primera lectura y la menos esperanzadora es la que nos indica que en realidad todos decimos buen día por lo menos hasta el medio día: al diariero de la vuelta seguido de un comentario del tipo: te olvidaste de llevar el diario o no te puedo creer que de nuevo el del segundo lo usó para el asado del domingo o a la futura casada seguido de un: ¡Que bueno que ya compraste las esposas de compromiso, perdón, los anillos de compromiso! ¿Vienen con llave o una vez que te las pusiste fuiste?
Pero también puede tener una segunda lectura que es la que todas esperamos leer –sobre todo vos- y es la que indica que en realidad él dio ese primer gran paso que te habilita a dar el segundo.
Queso
¿Al cine, al teatro, a una cena íntima o a un after office descontracturado con compañeros del trabajo que hagan de chaperones para que no se noten las dobles y hasta triples intenciones?
La suertuda Cenicienta que, por haber conquistado a un hombre se ha transformado en el Gurú del amor de todas las que ya perdieron la fé, te indica que el siguiente paso es, justamente, no dar ninguno. Le preguntás que quiso decir, queriendo no escuchar la respuesta porque seguro que viene por el lado de tener que ser quien no querés ser: una típica histérica postmoderna incapaz de aceptar que en realidad sería muy feliz en un mundo sin tantas vueltas. Y aunque pedís a gritos que paren el mundo porque te querés bajar, como no te quedan métodos de conquista exitosos, lo siguiente que haces es no hacer nada.
Pan
El vacío y la indiferencia parecen ejercer, como un poderoso imán, una fuerza que atrae de manera inmediata al mismo sujeto que antes huía despavorido cuando lo tratabas con amorosa atención, como si fuera ese tipo de animalito que acostumbrado al desprecio se siente cómodo en el maltrato.
Al cine, al teatro, a una cena íntima y hasta darle de comer a tu gata de la mano –aunque enarbole la bandera por un mundo con mas canes y menos felinos- es el siguiente y gran paso hacia una pista de baile para dos y acordes de una pieza que comienza a sonar y que ahora si podes bailar.
Dedicado a Marina Frontera
Todo es cuestión de pan y queso te dice tu compañera de trabajo, tan suelta de cuerpo y complejos, mientras lustra sus zapatitos de cristal calzados hace más de diez años por un apuesto príncipe, futuro marido y lacayo. Mientras constatás con malicia que el brillante par no sea de vidrio chino comprado en el barrio japonés, pensás que todo parece muy fácil visto desde una carroza que no se hará zapallo – o por lo menos ella con grandes esperanzas- pero no lo es tanto al costado de la pista de baile mirando de reojo como todos formaron pareja y van sonando los últimos acordes de una pieza que te hubiera gustado bailar.
Pan
Lunes. Uno de de esos bien negro. Más negro que el de todas las bolsas comerciales del mundo juntas. No querés caer en lugares comunes, pero es justo donde caíste: luego de un fin de semana encerrada con tu gata por haber cancelado la única salida que tenías solo por no morir de frío –cosa que no te importaba a los veinte mientras te desvestías con una minifalda en pleno julio- y tras haber contribuido al circuito cartonero con centenares de botellas y descartables de comida chatarra, hoy lunes, tu autoestima esta por debajo de la alfombra rogando que nadie la vea y que mucho menos la barra. Es que igual que a su dueña, le gusta regodearse en ella misma por lo menos hasta el martes.
Ya lo decía Bridget Jones, lo último que se pierde es la elegancia interior, así es que aunque te sentís la más fea del baile, que no se note dijo Giordano y moviendo las cabezas entrás en la oficina caminando como por una pasarela ubicada justo por delante de su escritorio. Para tu sorpresa antes que vos lo hagas, él te saluda con un tono de voz y una autoestima muy segura de sí misma, acariciada por un fin de semana de lujuria y pasión -todo lo que a vos te faltó-.
Sí, todas escucharon lo mismo, dijo: Buen día. Así es que junto con tus compañeras, se calzan el sobretodo de la 99 –claro, que sin la elegancia de la Feldon y solo con un poco mas de inteligencia que el Superagente 86- y comienzan a investigar que habrá querido decir con ese saludo. La primera lectura y la menos esperanzadora es la que nos indica que en realidad todos decimos buen día por lo menos hasta el medio día: al diariero de la vuelta seguido de un comentario del tipo: te olvidaste de llevar el diario o no te puedo creer que de nuevo el del segundo lo usó para el asado del domingo o a la futura casada seguido de un: ¡Que bueno que ya compraste las esposas de compromiso, perdón, los anillos de compromiso! ¿Vienen con llave o una vez que te las pusiste fuiste?
Pero también puede tener una segunda lectura que es la que todas esperamos leer –sobre todo vos- y es la que indica que en realidad él dio ese primer gran paso que te habilita a dar el segundo.
Queso
¿Al cine, al teatro, a una cena íntima o a un after office descontracturado con compañeros del trabajo que hagan de chaperones para que no se noten las dobles y hasta triples intenciones?
La suertuda Cenicienta que, por haber conquistado a un hombre se ha transformado en el Gurú del amor de todas las que ya perdieron la fé, te indica que el siguiente paso es, justamente, no dar ninguno. Le preguntás que quiso decir, queriendo no escuchar la respuesta porque seguro que viene por el lado de tener que ser quien no querés ser: una típica histérica postmoderna incapaz de aceptar que en realidad sería muy feliz en un mundo sin tantas vueltas. Y aunque pedís a gritos que paren el mundo porque te querés bajar, como no te quedan métodos de conquista exitosos, lo siguiente que haces es no hacer nada.
Pan
El vacío y la indiferencia parecen ejercer, como un poderoso imán, una fuerza que atrae de manera inmediata al mismo sujeto que antes huía despavorido cuando lo tratabas con amorosa atención, como si fuera ese tipo de animalito que acostumbrado al desprecio se siente cómodo en el maltrato.
Al cine, al teatro, a una cena íntima y hasta darle de comer a tu gata de la mano –aunque enarbole la bandera por un mundo con mas canes y menos felinos- es el siguiente y gran paso hacia una pista de baile para dos y acordes de una pieza que comienza a sonar y que ahora si podes bailar.
Dedicado a Marina Frontera
lunes, 1 de agosto de 2011
Café con torta frita y Good Show
(Texto publicado en OhMyDog Junio/Julio 2011)
Invierno otra vez y tu sensación dérmica indica un gélido bajo cero. Aunque, tu perro y tu gato, te hacen de osos de peluche, sentís que necesitas urgentemente unos brazos grandotes o unos chiquitos pero juguetones que te ayuden a que la hibernación sea un poco más cálida. Teniendo en cuenta que desde el último invierno a esta parte no conociste ni una mano que te choque los cinco, las probabilidades de que encuentres lo que buscas en pocos días son bajísimas. Así es que si te preguntas como revertir la situación, no se si acá vas a encontrar la respuesta, pero que las hay… las hay.
Ya te gustaría emigrar hacia el hemisferio del mapamundi en donde el calor le quita la remera hasta el más recatado. Pero si no te quedan días para pedirte, tus ahorros solo te alcanzan para un pasaje a Las Toninas o sos Dueña y tu mega empresa -como un recién nacido- te pide la teta cada media hora, no te queda otra que desarchivar el vestuario mas abrigado, rezar para que no haga mas frío que el año pasado y enfrentar algo que te preocupa de verdad: otro invierno mas y los únicos que te dan la bienvenida en tu casa y sobre todo en tu cama son Peter y Coca. Aunque tus amigos hombres afirman que es el trío perfecto, sin dimes ni diretes, vos comenzás a necesitar algo más.
Y eso que no estás hablando de necesitar al príncipe azul, porque tanto la vida como tu vieja se encargaron de demostrarte que el último ejemplar de la especie destiñó y de su costilla nacieron todos los demás. No. Solo pedís alguien que al menos deje menos pelos en la cama que tus mascotas, te contradiga –solo lo necesario para reafirmar tus creencias y darle un poco de acción a tus días-, le guste hacer cucharita -solo cuando hace frío, nunca en verano- y que cada tanto se le escape un “te quiero” en lenguaje humano.
Todo muy lindo y romántico, pero ¿como se hace? -te preguntás-. Entonces haces uso sin abuso del sentido común -que es el menos común de los sentidos- y pensás que quizás sea el momento de volver a beber de la fuente inagotable de las técnicas de seducción que a los veintipico te dieron tantas satisfacciones y que incluso, fueron inspiradoras para tus amigas que –dicho sea de paso- no paraban de contabilizar tus citas con palitos agrupados de a diez en la pared de tu habitación debajo del póster de Patrick Swayze.
Para muestra, un botón. Una noche volvías de la facu en tren y te subiste a un vagón que estaba deshabitado por completo, salvo por él. Entonces luego de dirimirte entre hacerlo o no, respondiste sin contradecir a una fuerza extraterrena o intrauterina que te obligó a sentarte justo a su lado. Un apuesto morocho de rulos, claro ejemplo de que existe vida en otros planetas. Abrigado con un montgomery verde militar y desabrigado con un jean gastado justo a la altura de una hermosa rodilla peluda que confirmaba lo que su dueño estaba leyendo en unos apuntes: “El Objeto A, es el objeto causante del deseo”. Y vos bombonazo con tu rodilla pelilarga, sos el causante del mío –pensaste-.
Ya te hubiera gustado que la próxima parada sea en un restó con cena para dos, pero solo faltaban dos estaciones para que la vida otra vez los vuelva a separar –como si alguna vez hubiera habido una primera-. Así es que hiciste un claro abuso de una de las técnicas más antiguas de seducción de la humanidad –por lo menos desde que se inventó el reloj a esta parte-. Mientras escondías tu celular, tu reloj pulsera y todo lo que pudiera dar hora, en un nefasto ejemplo de sobreactuación, formulaste la pregunta que terminó haciendo pogo contra las paredes de un vagón que mágicamente seguía vacío. En un rapto de sagacidad, él contestó que sí, que tenía hora, pero no te dijo cual y a vos te pareció súper original el chiste –o por lo menos, fingiste que fue una humorada inédita, jamás hecha en la historia de la humanidad-.
Faltaba solo una parada y entre pulsiones, Lacan y bueyes perdidos, lo invitaste a salir y así fue en varias ocasiones. Hasta que –como pasa siempre en el mundo real- extrañamente, cuando tenes lo que querés, dejas de quererlo. En poco tiempo, le confesaste que sus chistes nunca fueron tan buenos y rápidamente cambiaste el tren por el bondi sin abandonar –como hasta hace unos largos años- tu costumbre de preguntarle al más guapo de los pasajeros por la hora, la sensación térmica o, simplemente, si cree en el amor a primera vista.
Ahora tu casa se siente mas helada que nunca no solo por la obvia ausencia de un Objeto A y de un Sujeto X capaz de entibiarla sino porque otra vez la estufa no funciona. Mientras te abrigas como para una excursión en el Perito Moreno solo para no morir congelada dentro de tu propia cama, pensás que a esta altura no te animarías a preguntarle la hora ni a tu propio reloj. Sencillamente –o no tanto- porque ya no peinas hopos ni tenes veintipico, tu cara no es tan dura como antes y tiene muchas mas caretas que las que te gustaría. Pero el invierno recién comienza así es que queridas chichipías nunca digan nunca, café con torta frita y Good Show.
Invierno otra vez y tu sensación dérmica indica un gélido bajo cero. Aunque, tu perro y tu gato, te hacen de osos de peluche, sentís que necesitas urgentemente unos brazos grandotes o unos chiquitos pero juguetones que te ayuden a que la hibernación sea un poco más cálida. Teniendo en cuenta que desde el último invierno a esta parte no conociste ni una mano que te choque los cinco, las probabilidades de que encuentres lo que buscas en pocos días son bajísimas. Así es que si te preguntas como revertir la situación, no se si acá vas a encontrar la respuesta, pero que las hay… las hay.
Ya te gustaría emigrar hacia el hemisferio del mapamundi en donde el calor le quita la remera hasta el más recatado. Pero si no te quedan días para pedirte, tus ahorros solo te alcanzan para un pasaje a Las Toninas o sos Dueña y tu mega empresa -como un recién nacido- te pide la teta cada media hora, no te queda otra que desarchivar el vestuario mas abrigado, rezar para que no haga mas frío que el año pasado y enfrentar algo que te preocupa de verdad: otro invierno mas y los únicos que te dan la bienvenida en tu casa y sobre todo en tu cama son Peter y Coca. Aunque tus amigos hombres afirman que es el trío perfecto, sin dimes ni diretes, vos comenzás a necesitar algo más.
Y eso que no estás hablando de necesitar al príncipe azul, porque tanto la vida como tu vieja se encargaron de demostrarte que el último ejemplar de la especie destiñó y de su costilla nacieron todos los demás. No. Solo pedís alguien que al menos deje menos pelos en la cama que tus mascotas, te contradiga –solo lo necesario para reafirmar tus creencias y darle un poco de acción a tus días-, le guste hacer cucharita -solo cuando hace frío, nunca en verano- y que cada tanto se le escape un “te quiero” en lenguaje humano.
Todo muy lindo y romántico, pero ¿como se hace? -te preguntás-. Entonces haces uso sin abuso del sentido común -que es el menos común de los sentidos- y pensás que quizás sea el momento de volver a beber de la fuente inagotable de las técnicas de seducción que a los veintipico te dieron tantas satisfacciones y que incluso, fueron inspiradoras para tus amigas que –dicho sea de paso- no paraban de contabilizar tus citas con palitos agrupados de a diez en la pared de tu habitación debajo del póster de Patrick Swayze.
Para muestra, un botón. Una noche volvías de la facu en tren y te subiste a un vagón que estaba deshabitado por completo, salvo por él. Entonces luego de dirimirte entre hacerlo o no, respondiste sin contradecir a una fuerza extraterrena o intrauterina que te obligó a sentarte justo a su lado. Un apuesto morocho de rulos, claro ejemplo de que existe vida en otros planetas. Abrigado con un montgomery verde militar y desabrigado con un jean gastado justo a la altura de una hermosa rodilla peluda que confirmaba lo que su dueño estaba leyendo en unos apuntes: “El Objeto A, es el objeto causante del deseo”. Y vos bombonazo con tu rodilla pelilarga, sos el causante del mío –pensaste-.
Ya te hubiera gustado que la próxima parada sea en un restó con cena para dos, pero solo faltaban dos estaciones para que la vida otra vez los vuelva a separar –como si alguna vez hubiera habido una primera-. Así es que hiciste un claro abuso de una de las técnicas más antiguas de seducción de la humanidad –por lo menos desde que se inventó el reloj a esta parte-. Mientras escondías tu celular, tu reloj pulsera y todo lo que pudiera dar hora, en un nefasto ejemplo de sobreactuación, formulaste la pregunta que terminó haciendo pogo contra las paredes de un vagón que mágicamente seguía vacío. En un rapto de sagacidad, él contestó que sí, que tenía hora, pero no te dijo cual y a vos te pareció súper original el chiste –o por lo menos, fingiste que fue una humorada inédita, jamás hecha en la historia de la humanidad-.
Faltaba solo una parada y entre pulsiones, Lacan y bueyes perdidos, lo invitaste a salir y así fue en varias ocasiones. Hasta que –como pasa siempre en el mundo real- extrañamente, cuando tenes lo que querés, dejas de quererlo. En poco tiempo, le confesaste que sus chistes nunca fueron tan buenos y rápidamente cambiaste el tren por el bondi sin abandonar –como hasta hace unos largos años- tu costumbre de preguntarle al más guapo de los pasajeros por la hora, la sensación térmica o, simplemente, si cree en el amor a primera vista.
Ahora tu casa se siente mas helada que nunca no solo por la obvia ausencia de un Objeto A y de un Sujeto X capaz de entibiarla sino porque otra vez la estufa no funciona. Mientras te abrigas como para una excursión en el Perito Moreno solo para no morir congelada dentro de tu propia cama, pensás que a esta altura no te animarías a preguntarle la hora ni a tu propio reloj. Sencillamente –o no tanto- porque ya no peinas hopos ni tenes veintipico, tu cara no es tan dura como antes y tiene muchas mas caretas que las que te gustaría. Pero el invierno recién comienza así es que queridas chichipías nunca digan nunca, café con torta frita y Good Show.
lunes, 11 de julio de 2011
Hay para todas
(Texto publicado en Victoria Rolanda el 11 de Julio de 2011)
Cuando lo inexorable ocurre, solo quedan dos caminos: o zambullirte en el agujero negro de un cálido vaso de cerveza hasta descubrir que hay después de esa nada o aceptar que tus amigas se van poniendo de novias mientras vos seguís con tu numerito en la mano esperando a que te llame San Antonio, y aunque mas no sea, te mande el guardavidas que te salve de esa caída.
Ellas dicen que no, que no son novios. Que solo se ven los domingos, van al cine los miércoles y a cenar los jueves, pero que eso no califica de novio. Se ríen con sorna cuando confiesan que él deja remeras sucias con símbolos zurditos para lavar en un lavarropa acostumbrado a delicadas prendas femeninas compradas en locales bien de derecha.
Tampoco se hacen cargo de que están al borde de decirle suegro a su padre, pero confiesan que se resisten a decirle suegra a la bruja que el chico en cuestión tiene por madre, así que eso también es una excusa a la hora de negar el estado civil que va tornando de claro a oscuro más rápido de lo que tenían pensado.
Así es que en la teoría no están de novias, pero en la práctica no paran de hablar de ellos cada vez que se abre un silencio en la conversación de todas las que todavía no engancharon a nadie y siempre, pero siempre, terminan el comentario con una sonrisa tamaño Mariana Fabbiani para la alegría de pocas y la bronca de muchas.
No te preocupes. Respirá profundo. Contá hasta el infinito punto rojo y recordá lo que escuchabas en las fiestas de cumpleaños cuando rompían las piñatas y vos te preparabas para matar o morir por tu muñequito preferido: Despacio que hay para todas. Si lo creíste cuando eras niña ¿por qué no creer ahora?
Cuando lo inexorable ocurre, solo quedan dos caminos: o zambullirte en el agujero negro de un cálido vaso de cerveza hasta descubrir que hay después de esa nada o aceptar que tus amigas se van poniendo de novias mientras vos seguís con tu numerito en la mano esperando a que te llame San Antonio, y aunque mas no sea, te mande el guardavidas que te salve de esa caída.
Ellas dicen que no, que no son novios. Que solo se ven los domingos, van al cine los miércoles y a cenar los jueves, pero que eso no califica de novio. Se ríen con sorna cuando confiesan que él deja remeras sucias con símbolos zurditos para lavar en un lavarropa acostumbrado a delicadas prendas femeninas compradas en locales bien de derecha.
Tampoco se hacen cargo de que están al borde de decirle suegro a su padre, pero confiesan que se resisten a decirle suegra a la bruja que el chico en cuestión tiene por madre, así que eso también es una excusa a la hora de negar el estado civil que va tornando de claro a oscuro más rápido de lo que tenían pensado.
Así es que en la teoría no están de novias, pero en la práctica no paran de hablar de ellos cada vez que se abre un silencio en la conversación de todas las que todavía no engancharon a nadie y siempre, pero siempre, terminan el comentario con una sonrisa tamaño Mariana Fabbiani para la alegría de pocas y la bronca de muchas.
No te preocupes. Respirá profundo. Contá hasta el infinito punto rojo y recordá lo que escuchabas en las fiestas de cumpleaños cuando rompían las piñatas y vos te preparabas para matar o morir por tu muñequito preferido: Despacio que hay para todas. Si lo creíste cuando eras niña ¿por qué no creer ahora?
lunes, 13 de junio de 2011
Ese mensaje de texto que jurabas nunca mandar
(Texto Publicado en Victoria Rolanda el 13 de Junio de 2011)
Qué difícil es sostener las propias convicciones –pensás- mientras escribís, borrás y volvés a escribir ese mensaje de texto que jurabas nunca ibas a mandar. Son las nueve de la noche de un sábado que se va alistando en la fila de esos en los que te preguntás seriamente sobre quién habrá inventado los sábados. Con total sadismo de su parte, el reloj marca las nueve, hora en que si no tenés planes, solo te quedan dos caminos posibles: comerte un cuarto de crema del cielo mientras ves por décima vez Ghost la sombra del amor. Reflexionar acerca de la belleza ochentosa de Patrick Swayze. Lamentar el hecho de no haber estudiado orfebrería y haber aprendido a modelar un jarrón con cuatro manos. O mandar ese mensaje de texto que juraste nunca mandar.
No hablo de un mensaje cualquiera. Hablo de ese mensaje que fue escrito el miércoles durante la hora de almuerzo que te tomaste para pensar con detenimiento cómo ibas a decirle que lo querías ver, sin antes haber recibido un mensaje de su parte con la misma intención. No es joda, es una situación compleja, porque cuando la que avanza sos vos, el mensaje no debe quedar como un lance explícito ni como unas tibias líneas de contacto formal.
Asi es que recuperás el mensaje del buzón de borradores y lo releés detenidamente por si se te ocurre alguna otra idea brillante para quedar como una copada divertida y súper ingeniosa futura compañera de cita. Pero como ya son las diez y media, el mensaje debe ir directísimo al grano, así que borrás todo lo que escribiste y proponés un escueto: "¿Salimos esta noche?" Y es en ese mismo instante en que un sobrecito vuela directo y sin escalas al celular del susodicho que, sin tiempo de espera, te responde: "¿Me lo preguntas a mí?"
¡Por Dios! ¿Pero a quién se lo voy a preguntar? El segundo mensaje, de lo obvio que es, ya te da bronca mandarlo: “Si, te lo digo a vos. ¿Salimos esta noche?”. El segundo sobre volador tarda en llegar y entonces un tsunami de preguntas inundan la aldea de tus pensamientos: ¿Me responderá con otra pregunta, lo que confirma que es un boludo importante, incapaz de merecerme?, ¿Habré sido muy directa? o ¿Me va a rezar el padrenuestro de por qué no podemos salir esta noche? Y en ese momento cuando estás a punto de ahogarte en vos misma, te contesta un telegráfico “dale, salgamos”.
¿Y ahora, qué hacés? Respondió lo que esperabas y a la vez no. Así es que ahora, si bien encontraste el conjunto que buscabas, no estás depilada, todavía tenés que bañarte, maquillarte, decidir el outfit y ya te da fiaca, y comenzás a ver tu cama con cariño, la tele como una buena compañera, la frialdad del sábado por la noche en tu casa se transforma en la calidez de un hogar que está dispuesto una vez más a cobijarte. Entonces te sincerás con vos misma aceptando que tu costado de minita histérica está mucho más desarrollado de lo que te gustaría. Pero otra historia sería si fuera él quien tenga en su buzón de borradores ese mensaje de texto que jura nunca mandar.
Qué difícil es sostener las propias convicciones –pensás- mientras escribís, borrás y volvés a escribir ese mensaje de texto que jurabas nunca ibas a mandar. Son las nueve de la noche de un sábado que se va alistando en la fila de esos en los que te preguntás seriamente sobre quién habrá inventado los sábados. Con total sadismo de su parte, el reloj marca las nueve, hora en que si no tenés planes, solo te quedan dos caminos posibles: comerte un cuarto de crema del cielo mientras ves por décima vez Ghost la sombra del amor. Reflexionar acerca de la belleza ochentosa de Patrick Swayze. Lamentar el hecho de no haber estudiado orfebrería y haber aprendido a modelar un jarrón con cuatro manos. O mandar ese mensaje de texto que juraste nunca mandar.
No hablo de un mensaje cualquiera. Hablo de ese mensaje que fue escrito el miércoles durante la hora de almuerzo que te tomaste para pensar con detenimiento cómo ibas a decirle que lo querías ver, sin antes haber recibido un mensaje de su parte con la misma intención. No es joda, es una situación compleja, porque cuando la que avanza sos vos, el mensaje no debe quedar como un lance explícito ni como unas tibias líneas de contacto formal.
Asi es que recuperás el mensaje del buzón de borradores y lo releés detenidamente por si se te ocurre alguna otra idea brillante para quedar como una copada divertida y súper ingeniosa futura compañera de cita. Pero como ya son las diez y media, el mensaje debe ir directísimo al grano, así que borrás todo lo que escribiste y proponés un escueto: "¿Salimos esta noche?" Y es en ese mismo instante en que un sobrecito vuela directo y sin escalas al celular del susodicho que, sin tiempo de espera, te responde: "¿Me lo preguntas a mí?"
¡Por Dios! ¿Pero a quién se lo voy a preguntar? El segundo mensaje, de lo obvio que es, ya te da bronca mandarlo: “Si, te lo digo a vos. ¿Salimos esta noche?”. El segundo sobre volador tarda en llegar y entonces un tsunami de preguntas inundan la aldea de tus pensamientos: ¿Me responderá con otra pregunta, lo que confirma que es un boludo importante, incapaz de merecerme?, ¿Habré sido muy directa? o ¿Me va a rezar el padrenuestro de por qué no podemos salir esta noche? Y en ese momento cuando estás a punto de ahogarte en vos misma, te contesta un telegráfico “dale, salgamos”.
¿Y ahora, qué hacés? Respondió lo que esperabas y a la vez no. Así es que ahora, si bien encontraste el conjunto que buscabas, no estás depilada, todavía tenés que bañarte, maquillarte, decidir el outfit y ya te da fiaca, y comenzás a ver tu cama con cariño, la tele como una buena compañera, la frialdad del sábado por la noche en tu casa se transforma en la calidez de un hogar que está dispuesto una vez más a cobijarte. Entonces te sincerás con vos misma aceptando que tu costado de minita histérica está mucho más desarrollado de lo que te gustaría. Pero otra historia sería si fuera él quien tenga en su buzón de borradores ese mensaje de texto que jura nunca mandar.
lunes, 11 de abril de 2011
Conoceme. No me idealices.
Una vez me dijeron "Conoceme. No me idealices". Si queres saber como clikeá en el logo de Victoria Rolanda
miércoles, 9 de marzo de 2011
Suscribirse a:
Entradas (Atom)
