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lunes, 6 de febrero de 2012

Una golondrina hace verano


(Texto publicado en Victoria Rolanda el 6 de febrero de 2012)

Ya llegó febrero y aún no te fuiste a ningún lado. Tampoco sabrías dónde. El fin del verano pronto te va a estar pisando los talones y vos todavía sin plan. Pero como las golondrinas, hay que moverse. Y a esta altura, la verdad, es que poco importa con quién.

Enero pasó sin pena ni gloria entre pelopinchos y delfines de plástico en casa de tus sobrinos, valientes chapuzones en dudosas aguas tigrenses y alguna que otra invitación a la pileta de una amiga que, luego de pagar expensas de oro durante diez meses, usa como trampolín su balcón, al igual que sus otros ciento veinte vecinos durante dos cortísimos meses.

Y es que febrero lleva una semana, pero pareciera que en cualquier momento se vence sin haberlo abierto, como la leche que comprás y nunca tomás. Mientras tanto, vos seguís con el pescado sin vender o, peor, con las vacaciones sin organizar.

Todas tus amigas se fueron, volvieron y ya se están pelando. Todos tus compañeros de trabajo ya se fueron, volvieron y trajeron alfajores. Toda tu familia se fue, todavía no volvió y preferís que no lo hagan. Todos tus contactos de todas las redes sociales se fueron o se están por ir y preferís no ver ninguna foto feliz ni leer ningún comentario al respecto porque todavía Mark no inventó el tan deseado boton de “NO ME GUSTA”. Y vos no te fuiste, no estás por irte y tampoco te gusta porque simplemente no sabés a dónde ni con quién.

Y es que viajar sola se transformó, desde hace muchos años ya, en un deporte de riesgo, un salto sin arnés ni instructor al submundo infinito de una interioridad que no querés volver a enfrentar por lo menos en vacaciones.

Además, a menos que acepten patacones, los ahorros no te dejan soñar con cambiar de país, ni de estación y menos de idioma, así es que a estas alturas y con el tiempo siendo mucho más tirano que en la televisión, las opciones se cuentan con los dedos de Mickey, del Coyote o de cualquier otro personaje que tenga pocos dedos.

Así es que –sermón materno mediante- vas a hacer lo que nunca hiciste: aceptar la invitación que te hizo en una fiesta, entre copas de más e inhibiciones de menos, un perfecto desconocido y ahora futuro compañero de viaje.

Y es que una golondrina hace verano y sobre todo si está terminando.

lunes, 16 de enero de 2012

El Gen de la Mujer Maravilla





Si al nacer, el obstetra nos hubiera palmado la cola y luego nos hubiera susurrado al oído el notición de que nacimos con el mismo gen que nacen diez de cada diez mujeres, o sea, el gen de la Mujer Maravilla, nuestra vida hubiera sido otra o, por lo menos, una sin tantos enemigos internos.

Generalmente no somos inmortales, no lucimos una exuberante delantera ni una cintura de avispa como la de Linda Carter. No vestimos lazos mágicos ni brazaletes invencibles, ni mucho menos tenemos la capacidad de girar y convertirnos en otra mujer. O sí.

“Yo, puedo”, es la frase que nos impulsa a girar las vueltas necesarias para convertirnos en aquella mujer que una vuelta antes juramos nunca más volver a ser. Esa que, con el gen a flor de piel, se vuelve a vestir con el traje de empleada de un trabajo que no quiere, se maquilla de colores para la cita con un fulano que tiene más de villano que de superhéroe, se peina la media cola tirante, tirante para ser buena hija y mejor alumna y se compra tetas de cotillón para levantar más los ánimos que la altura de los breteles.

Si a los treinta y pico te diste cuenta de que tu “yo, puedo” le salva la vida a muchos menos a vos misma, poné los brazos en posición de jarra y agarrate fuerte, porque estás a tiempo de dar una vuelta más y, quién sabe, te convertís en esa mujer que juraste alguna vez ser.

lunes, 12 de diciembre de 2011

Todo por dos besos

Si tuvieras que hacer hoy, a tus treinta, la típica lista que hacías a tus quince de los chicos que te gustan, te chapaste, te curtiste o todo eso junto, no alcanzaría toda la producción de madera del Amazonas de acá hasta el día del juicio final. En ese extenso listado, te están faltando pocas figuritas para completar el álbum de la raza masculina. Piloto de avión, artista hippie chic, oficinista físico culturista, psicólogo depresivo seudo feliz, el halagador vendedor de ilusiones y de seguros, hétero devenido en homo y hasta un señor de las cuatro décadas casi cinco devenido en pendeviejo a la moda. Pero en esa lista te faltó uno que hasta que no lo conociste no lo creíste: el obsesivo por el número dos.

"Todo lo cuento por dos", te dice mientras pide un trago para vos y dos para él.Que curioso -pensas- ahora que su trastorno obsesivo compulsivo te va pareciendo divertido. Así empezó la cita. Por lo que tenés entendido y practicado, en las primeras citas uno intenta impresionar al otro con sus mejores cualidades porque no se sabe si habrá segunda vuelta así es que te pones tu mejor vestido, realzas tu mirada intentando delinear los ojos para que no crea que te maquillaste en el zamba, lees el diario y sus suplementos durante una semana para poder hablar con propiedad de temas varios evitando tocar algunos rispidos como la política y la religión y sacas tu mejor sonrisa que es aquella que sabe ocultar a la perfección tu diente torcido. A pesar de todo, de haber cruzado las piernas como un lady, haber comido menos de lo que hubieras comido y tomado lo justo y necesario para no caer en el sin retorno barro de la borrachera triste, él saco lo peor de si a las dos menos dos minutos de una madrugada que hasta el momento se perfilaba prometedora porque, por lo menos, acercaba un moro a la costa de una cama que no recibe ningún tipo de espécimen desde hace dos meses y dos días.

A esta altura, das por tierra toda posibilidad de una segunda cita no solo porque comienza a darte picazón el número dos sino porque además te vas transformando en la Súper Psicóloga Arregla Hombres que juraste nunca más ser pero que ahora se muere por ahondar en el tema. El final de su segundo trago le da comienzo a otros dos mientras mastica de dos en dos pochochos servidos de a par mientras te lleva a dar una vuelta por la montaña rusa de un universo nuevo lleno de curiosidades del tipo: Si tengo sed y hay cuatro botellas en la heladera, tomo dos para dejar dos -confiesa-. Mientras manejo voy contando los postes de luz de dos en dos y si el semáforo me frena en el poste impar sigo de largo, me falta una y llego a las doscientas multas. Compro remeras verdes azuladas de par en par y desde chiquito trato de evitar las veredas con baldosas, pero si no puedo, salto para caer en las pares, evitando tocar los bordes. Lo bueno -sigue pero ahora guiñándote el ojo y sonriendo a lo galán de culebrón- lo bueno, es que en la cama también es todo por dos.

Justo en el momento en el que estás a punto de pensar que ese último comentario podría borrar con el codo todo lo otro que escribió con la mano, termina confesando que así como ofrece doble, pide doble y no solo de una mujer –porque sería impar- sino de dos.

A estas alturas donde tu sonrisa se canso de ocultar lo obvio, tu maquillaje se parece al del corso más triste y la grande muzzarella que te devoraste quedo en el olvido, recordás que en algún momento de tu vida evaluaste la posibilidad de bifurcar el camino, pero también recordás que, a pesar de todo, los seguís eligiendo. Así es que ni lerda ni perezosa pergeñás un rápido plan de escape.
Podrías ir al baño y de paso fugarte del planeta, hacer una autollamada e inventar una historia con final trágico o presentarle al Mr. Jekill que tenés adentro confesando que si él tiene un desorden obsesivo compulsivo numérico, vos tenés un problemita de doble personalidad.

El punto es que no tenés ganas de modificar tu vida impar para que sea compatible con su mundo par de fiestas de a tres. Así que diste la cita por terminada, no sin antes preguntarle cómo hace con los cinco dedos de su mano, su único miembro viril y la única y última posibilidad que acaba de perder con vos.

miércoles, 23 de noviembre de 2011

El historial de internet te salva o te incrimina

(texto Publicado en Victoria Rolanda el 21 de Noviembre de 2011)

Hay muchas maneras de saber si vos amás a tu novio. Solo algunas para saber si realmente él te ama a vos. Pero solo un método infalible para saber si te engaña: investigar el historial de internet. Y si no me creés, leé la historia que sigue.

Sábado por la tarde. Él mirando un partido de la B Nacional. Vos que lo mirás desde el escritorio preguntándote si es real que le interese un partido al que le faltan segundos para terminar y lo único divertido fue el perro que entró a la cancha y anotó un gol en contra. Mientras tanto aprovechás el estado de hipnosis de él para vestirte con el sobretodo del Inspector Gadget y tomar el toro por las astas, o mejor, darle alas al bichito de la duda e investigar cuál es la razón por la que desde hace un tiempo tu novio se parece más a un amigo lejano que a un futuro marido.

Prendés la compu, con lupa mano y pipa en boca, y vas abriendo una por una las páginas en las que él entró en las últimas horas. Vas armando la posible escena de un crimen que intuís que cometió y del que todavía es inocente hasta que el historial de internet demuestre lo contrario. Y entonces cuando estás a punto de afirmar que necesitarías asistir a un grupo de Celosos Anónimos, encontrás una posible prueba que lo incriminaría: un listado infinito de páginas para visitar la Isla de Tonga, webs de pasajes aéreos y resorts siete estrellas y dos planetas. ahi es cuando te preguntás si estás siendo mal pensada. Quizás todo forme parte de una sorpresa para el aniversario número quince. Pero eso es solo la punta del un iceberg tan grande como el que hundió al mismísimo Titanic. La ventana de su chat mal cerrado comienza a titilar bajo el nombre de Sandra Aguilar, quien escribe con adjetivación claramente centroamericana, una frase tan hot que hasta te sonroja, aún cuando en alguna ocasión bailaste muy hot a lo Kim Basinger en Nueve semanas y media tras la persiana del balcón. Obviamente, te das cuenta que no es la madre, ni la hermana, ni tampoco la prima del interior que de hot no le queda ni la intención.

Las piernas te comienzan a temblar. Te quitás la pipa de la boca, alejás la lupa y se desabrochás algunos botones del sobretodo que comienza a sofocarte. Mientras te preguntás si S.A. – el uso de iniciales quitan identidad humana al enemigo- será la jefa de la sede brasilera de la empresa en donde él trabaja, la ventana titila nuevamente esperando una respuesta del que en poco tiempo, si no demuestra su inocencia, será victima de un crimen pasional. Como no querés lucir traje a rayas ni mucho menos pasar tus últimos días en un monoambiente enrejado, llamás a Laura, íntima amiga tuya y compañera de trabajo de él que sigue haciendo desuso de sus factultades frente a la TV.

-Che, Lau ¿La empresa en donde trabajan tiene sede en centroamerica, tenga una Jefa que se llame Sandra Aguilar y se conecte por chat con sus empleados un sábado por la tarde?

- ¡No, Mary, sos cornuda!

martes, 4 de octubre de 2011

De Robert a Roberto sin escalas

(Texto publicado en Victoria Rolanda el lunes 3 de Octubre de 2011)

Cuando en la agenda de tu celular reemplazás el amoroso y super canchero Robert al frío y despechado Roberto es que la cosa pasó de Guatemala a Guatepeor sin escalas.


Noche, oscura noche. No tanto como va a estarlo dentro de unos minutos. Vos y él en su auto frente a tu casa. Algunas cervezas negras de más, no tantas como hubieras preferido para poder ahogar la pena que te va a dar la siguiente frase que salió sin filtro de su boca: me acaba de llamar mi ex y quiere hablar.

Parece que hubiera deletreado esa daga en forma de frase así, muy suelto de cuerpo y de culpas. “Así que quiere hablar con vos, mirá que divina –pensás-. ¿Por qué no la invitamos a tomar la decimocuarta ronda de birra que necesito para entender lo que me estás diciendo? Dale, yo pago una vuelta mas para los tres y hasta para la bandada los borrachos del tablón ¡Mira el sentido de la oportunidad que tiene esta chica, es maravillosa! Seguro que es de esas minas inoportunas que acotan comentarios pelotudos en plena escena de suspenso hitchcockiana en el cine. O en medio de una presentación familiar pregunta sobre un pariente que seguro murió hace pocos días y a continuación se disculpa por el error llevándose la servilleta a la boca solo para atajar la incontinencia de frases hechas que se le ocurren para disculparse. ¡Qué diosa! ¿De dónde la sacaste? ¿Del Olimpo De las Púberes de Tetas Alzar?"...

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miércoles, 28 de septiembre de 2011

Pan y Queso

(Texto Publicado en OhMyDog del mes de Septiembre)

Todo es cuestión de pan y queso te dice tu compañera de trabajo, tan suelta de cuerpo y complejos, mientras lustra sus zapatitos de cristal calzados hace más de diez años por un apuesto príncipe, futuro marido y lacayo. Mientras constatás con malicia que el brillante par no sea de vidrio chino comprado en el barrio japonés, pensás que todo parece muy fácil visto desde una carroza que no se hará zapallo – o por lo menos ella con grandes esperanzas- pero no lo es tanto al costado de la pista de baile mirando de reojo como todos formaron pareja y van sonando los últimos acordes de una pieza que te hubiera gustado bailar.

Pan
Lunes. Uno de de esos bien negro. Más negro que el de todas las bolsas comerciales del mundo juntas. No querés caer en lugares comunes, pero es justo donde caíste: luego de un fin de semana encerrada con tu gata por haber cancelado la única salida que tenías solo por no morir de frío –cosa que no te importaba a los veinte mientras te desvestías con una minifalda en pleno julio- y tras haber contribuido al circuito cartonero con centenares de botellas y descartables de comida chatarra, hoy lunes, tu autoestima esta por debajo de la alfombra rogando que nadie la vea y que mucho menos la barra. Es que igual que a su dueña, le gusta regodearse en ella misma por lo menos hasta el martes.

Ya lo decía Bridget Jones, lo último que se pierde es la elegancia interior, así es que aunque te sentís la más fea del baile, que no se note dijo Giordano y moviendo las cabezas entrás en la oficina caminando como por una pasarela ubicada justo por delante de su escritorio. Para tu sorpresa antes que vos lo hagas, él te saluda con un tono de voz y una autoestima muy segura de sí misma, acariciada por un fin de semana de lujuria y pasión -todo lo que a vos te faltó-.
Sí, todas escucharon lo mismo, dijo: Buen día. Así es que junto con tus compañeras, se calzan el sobretodo de la 99 –claro, que sin la elegancia de la Feldon y solo con un poco mas de inteligencia que el Superagente 86- y comienzan a investigar que habrá querido decir con ese saludo. La primera lectura y la menos esperanzadora es la que nos indica que en realidad todos decimos buen día por lo menos hasta el medio día: al diariero de la vuelta seguido de un comentario del tipo: te olvidaste de llevar el diario o no te puedo creer que de nuevo el del segundo lo usó para el asado del domingo o a la futura casada seguido de un: ¡Que bueno que ya compraste las esposas de compromiso, perdón, los anillos de compromiso! ¿Vienen con llave o una vez que te las pusiste fuiste?
Pero también puede tener una segunda lectura que es la que todas esperamos leer –sobre todo vos- y es la que indica que en realidad él dio ese primer gran paso que te habilita a dar el segundo.

Queso
¿Al cine, al teatro, a una cena íntima o a un after office descontracturado con compañeros del trabajo que hagan de chaperones para que no se noten las dobles y hasta triples intenciones?
La suertuda Cenicienta que, por haber conquistado a un hombre se ha transformado en el Gurú del amor de todas las que ya perdieron la fé, te indica que el siguiente paso es, justamente, no dar ninguno. Le preguntás que quiso decir, queriendo no escuchar la respuesta porque seguro que viene por el lado de tener que ser quien no querés ser: una típica histérica postmoderna incapaz de aceptar que en realidad sería muy feliz en un mundo sin tantas vueltas. Y aunque pedís a gritos que paren el mundo porque te querés bajar, como no te quedan métodos de conquista exitosos, lo siguiente que haces es no hacer nada.

Pan
El vacío y la indiferencia parecen ejercer, como un poderoso imán, una fuerza que atrae de manera inmediata al mismo sujeto que antes huía despavorido cuando lo tratabas con amorosa atención, como si fuera ese tipo de animalito que acostumbrado al desprecio se siente cómodo en el maltrato.
Al cine, al teatro, a una cena íntima y hasta darle de comer a tu gata de la mano –aunque enarbole la bandera por un mundo con mas canes y menos felinos- es el siguiente y gran paso hacia una pista de baile para dos y acordes de una pieza que comienza a sonar y que ahora si podes bailar.

Dedicado a Marina Frontera

lunes, 1 de agosto de 2011

Café con torta frita y Good Show

(Texto publicado en OhMyDog Junio/Julio 2011)

Invierno otra vez y tu sensación dérmica indica un gélido bajo cero. Aunque, tu perro y tu gato, te hacen de osos de peluche, sentís que necesitas urgentemente unos brazos grandotes o unos chiquitos pero juguetones que te ayuden a que la hibernación sea un poco más cálida. Teniendo en cuenta que desde el último invierno a esta parte no conociste ni una mano que te choque los cinco, las probabilidades de que encuentres lo que buscas en pocos días son bajísimas. Así es que si te preguntas como revertir la situación, no se si acá vas a encontrar la respuesta, pero que las hay… las hay.

Ya te gustaría emigrar hacia el hemisferio del mapamundi en donde el calor le quita la remera hasta el más recatado. Pero si no te quedan días para pedirte, tus ahorros solo te alcanzan para un pasaje a Las Toninas o sos Dueña y tu mega empresa -como un recién nacido- te pide la teta cada media hora, no te queda otra que desarchivar el vestuario mas abrigado, rezar para que no haga mas frío que el año pasado y enfrentar algo que te preocupa de verdad: otro invierno mas y los únicos que te dan la bienvenida en tu casa y sobre todo en tu cama son Peter y Coca. Aunque tus amigos hombres afirman que es el trío perfecto, sin dimes ni diretes, vos comenzás a necesitar algo más.
Y eso que no estás hablando de necesitar al príncipe azul, porque tanto la vida como tu vieja se encargaron de demostrarte que el último ejemplar de la especie destiñó y de su costilla nacieron todos los demás. No. Solo pedís alguien que al menos deje menos pelos en la cama que tus mascotas, te contradiga –solo lo necesario para reafirmar tus creencias y darle un poco de acción a tus días-, le guste hacer cucharita -solo cuando hace frío, nunca en verano- y que cada tanto se le escape un “te quiero” en lenguaje humano.

Todo muy lindo y romántico, pero ¿como se hace? -te preguntás-. Entonces haces uso sin abuso del sentido común -que es el menos común de los sentidos- y pensás que quizás sea el momento de volver a beber de la fuente inagotable de las técnicas de seducción que a los veintipico te dieron tantas satisfacciones y que incluso, fueron inspiradoras para tus amigas que –dicho sea de paso- no paraban de contabilizar tus citas con palitos agrupados de a diez en la pared de tu habitación debajo del póster de Patrick Swayze.

Para muestra, un botón. Una noche volvías de la facu en tren y te subiste a un vagón que estaba deshabitado por completo, salvo por él. Entonces luego de dirimirte entre hacerlo o no, respondiste sin contradecir a una fuerza extraterrena o intrauterina que te obligó a sentarte justo a su lado. Un apuesto morocho de rulos, claro ejemplo de que existe vida en otros planetas. Abrigado con un montgomery verde militar y desabrigado con un jean gastado justo a la altura de una hermosa rodilla peluda que confirmaba lo que su dueño estaba leyendo en unos apuntes: “El Objeto A, es el objeto causante del deseo”. Y vos bombonazo con tu rodilla pelilarga, sos el causante del mío –pensaste-.
Ya te hubiera gustado que la próxima parada sea en un restó con cena para dos, pero solo faltaban dos estaciones para que la vida otra vez los vuelva a separar –como si alguna vez hubiera habido una primera-. Así es que hiciste un claro abuso de una de las técnicas más antiguas de seducción de la humanidad –por lo menos desde que se inventó el reloj a esta parte-. Mientras escondías tu celular, tu reloj pulsera y todo lo que pudiera dar hora, en un nefasto ejemplo de sobreactuación, formulaste la pregunta que terminó haciendo pogo contra las paredes de un vagón que mágicamente seguía vacío. En un rapto de sagacidad, él contestó que sí, que tenía hora, pero no te dijo cual y a vos te pareció súper original el chiste –o por lo menos, fingiste que fue una humorada inédita, jamás hecha en la historia de la humanidad-.
Faltaba solo una parada y entre pulsiones, Lacan y bueyes perdidos, lo invitaste a salir y así fue en varias ocasiones. Hasta que –como pasa siempre en el mundo real- extrañamente, cuando tenes lo que querés, dejas de quererlo. En poco tiempo, le confesaste que sus chistes nunca fueron tan buenos y rápidamente cambiaste el tren por el bondi sin abandonar –como hasta hace unos largos años- tu costumbre de preguntarle al más guapo de los pasajeros por la hora, la sensación térmica o, simplemente, si cree en el amor a primera vista.

Ahora tu casa se siente mas helada que nunca no solo por la obvia ausencia de un Objeto A y de un Sujeto X capaz de entibiarla sino porque otra vez la estufa no funciona. Mientras te abrigas como para una excursión en el Perito Moreno solo para no morir congelada dentro de tu propia cama, pensás que a esta altura no te animarías a preguntarle la hora ni a tu propio reloj. Sencillamente –o no tanto- porque ya no peinas hopos ni tenes veintipico, tu cara no es tan dura como antes y tiene muchas mas caretas que las que te gustaría. Pero el invierno recién comienza así es que queridas chichipías nunca digan nunca, café con torta frita y Good Show.